martes, 5 de marzo de 2013

¿Hubo matriarcados en la América prehispánica?

Fuente: Rima DE VALLBONA [Rima Gretchen Rothe - San José, Costa Rica, 1931], "¿Hubo matriarcados en la América prehispánica?", en revista Mediaisla, 27 de agosto de 2011, http://mediaisla.net/revista/2011/08/%C2%BFhubo-matriarcados-en-la-america-prehispanica/


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En resumen, poco a poco, conforme se efectuaban las guerras expansionistas de los imperios indígenas, se fue excluyendo a las mujeres del ámbito de política, religión, economía, cultura e instituciones militares. El signo mujer perdió entonces fuerza y dominio, a tal punto que sus derechos y campos de acción independientes o no subordinados a los hombres, quedaron reducidos a los que los conquistadores  dejaron consignados en sus crónicas. En suma, la presencia de los españoles en el Nuevo Mundo remachó dicha tendencia y acabó del todo, en la mayoría de las comunidades indígenas, con el paralelismo interdependiente de los géneros [...]
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¿Hubo matriarcados en la América prehispánica?

Por Rima de Vallbona* 

Los conquistadores que llegaron al Nuevo Mundo saturados de fantasías de las novelas de caballería, en esas exóticas tierras vieron o pretendieron ver hecho realidad lo imaginado, como la presencia de Amazonas, sirenas, dragones y otros entes fantásticos. Además, hay que considerar que esos conquistadores, pese a que ya habían entrado en el Renacimiento, trajeron a las tierras conquistadas las falsedades y misterios de la Edad Media; a todo esto hay que agregar “las historias de marineros […] y de viajeros como Marco Polo, Sir John Mandeville y el caballero Tafur […, quienes traían] rumores de islas misteriosas con extrañas formas de vida, hidras, gorgonas, sirenas, horrendos Calibanes y cantantes Arieles”.

El primero en dejar constancia escrita de las maravillas sorprendentes que presenció en la geografía de América, fue Cristóbal Colón. El almirante compara el clima y la vegetación de las primeras islas divisadas, con los de Andalucía en el mes de abril y queda admirado ante el “cantar de pajaritos que parece que el hombre nunca se querría partir de aquí, y las manadas de los papagayos que oscurecen el sol; y aves y pajaritos de tantas maneras y tan diversas de las nuestras que es maravilla”. En esos fascinantes dominios de maravilla, no es extraño que Colón haya visto tres sirenas “que salieron bien alto de la mar [pero] no eran tan hermosas como se pinta[ba]n”.

¿Y qué mayor aturdimiento para aquellos hombres que venían de la pusilánime Castilla medieval, de altos cuellos y abundantes vestimentas, que ver a las taínas mozas desnudas y que solo traían “por delante de su  cuerpo una cosita de algodón que escasamente les cobija[ba] su natura”?

De asombro en asombro, de portento en portento, fue así como se inició entre esos rudos hombres el mito de las amazonas. Y ¿quién sino Colón, fue el primero que dio la noticia de “la isla Matinino que era poblada de mujeres sin hombres” y que había otras islas, donde “hallaron muchas estatuas en figuras de mujeres […] muy bien labradas”.


 

Gonzalo Fernández de Oviedo aporta al dato de Colón lo siguiente: hay  mujeres indígenas que “viven en repúblicas e son señoras sobre sí, a imitación de las Amazonas”. A lo largo de su crónica suministró datos de que algunos conquistadores, bajo el mando de Jerónimo Dortal, hallaron en tierra firme “pueblos, donde las mujeres [...eran] reinas o cacicas e señoras absolutas, e manda[ba]n e goberna[ba]n, e no sus maridos, aunque los ten[í]an”. Nuño Guzmán y sus huestes, conquistadores de Nueva Galicia (Jalisco), “tuvieron nueva de una población de mujeres, e luego nuestros españoles las comenzaron a llamar amazonas”. Nuño de Guzmán otorgó permiso a Gonzalo López, su maestre de campo, para explorar esa región; éste, con el permiso de ellas, entró con su tropa en el pueblo donde vivían, llamado Çiguatán o Ciguatlam, vocablo que quiere decir “Pueblo de Mujeres”. Ellas “diéronles muy bien de comer e todo lo nescesario de lo que tenían. Aquella república es de mill casas y muy bien ordenada; e súpose, dellas mismas, que los mancebos de la comarca vienen de su cibdad cuatro meses del año a dormir con ellas, e aquel tiempo se casan con ellos de prestado e no por más tiempo, sin ocuparse en más de las servir e contentar en lo que ellas les mandan que hagan de día en el pueblo o en el campo. [...] E cumplido el tiempo que es dicho, ellos todos se van a sus tierras [...]. Y si quedan esas mujeres preñadas, después que han parido, envían los hijos a sus padres para que los críen [...]; e si paren hijas, retiénenlas consigo, e críanlas para aumentación de su república”.

Tiempo después Nuño de Guzmán afirmó que no era cierto, pues cuando él volvió al sitio, halló a algunas casadas “e que lo tienen por vanidad”. Sin embargo, hoy en día Blanca López de Mariscal afirma que esta noticia “no está en absoluto reñida con la forma en que se describe la organización social de las mujeres de Cihuatlán (un pueblo que aún hoy lleva este nombre, situado en el estado de Jalisco, muy cercano a la frontera con Colima). Ellas reciben a los mancebos de la comarca a su entera conveniencia”.

También Fernández de Oviedo menciona que el gobernador Jerónimo de Dortal y sus acompañantes  hallaron “en muchas partes, pueblos donde las mujeres eran reinas o cacicas e señoras absolutas, e manda[ba]n e gob[ernab]an, e no sus maridos, aunque los […tuviesen]; y en especial una, llamada Orocomay, que la obedescen más de treinta leguas en torno de su pueblo”. Ella sólo se hacía servir de mujeres y en su pueblo no vivían hombres, salvo los que ella misma llamaba para realizar trabajos o enviarlos a la guerra.

Asimismo se tuvieron noticias del capitán Francisco de Orellana y los descubridores que navegaban con él, que la cacica Conori gobernaba en Tierra Firme, en Quito (entre el río Marañón y el Río de la Plata o Paraguanazú), un territorio de más de trescientas leguas “pobladas de mujeres, sin tener hombres consigo. [... Conori era] muy obedescida e acatada e temida en sus reinos e fuera de ellos, en los que le [eran] comarcanos. E t[enía] subjetas muchas provincias que la obedesc[ía]n e t[enía]n por señora ”. Fernández de Oviedo explicó que era tanto el poderío de esta gobernanta, que le rendían obediencia y tributo “grandes señores e señorea[ba]n mucha tierra”.


 

En las crónicas abundan los  pasajes en los que se mencionan regiones gobernadas por cacicas; una de ellas fue la del pueblo llamado Jalameco; esta cacica recibió al gobernador Hernando de Soto con fastuosidad. Fernández de Oviedo cuenta que la “trujeron principales con mucha auctoridad en unas andas cubiertas de blanco (de lienzo delgado) y en hombros, e pasó en las canoas, e habló al gobernador con mucha gracia y desenvoltura. Era moza y de buen gesto, e quitóse una sarta de perlas que traía al cuello e echósela al gobernador por collar e manera de se congraciar e ganarle la voluntad”.

También, Fernández de Oviedo recogió en sus crónicas rumores de pueblos habitados y gobernados por mujeres en las costas de Venezuela, Colombia, Quito y México. Para hacer más verosímil la presencia de las amazonas en el Nuevo Mundo, en junio de 1542, fray Gaspar de Carvajal consignó que él y quienes lo acompañaban las vieron luchando como capitanas al frente de un batallón de hombres indígenas. Ellas peleaban tan valientemente que los hombres bajo su mando no se atrevían a rendirse y aquellos que intentaban retirarse, los mataban ahí mismo, ante los españoles. No obstante esas pruebas, Fernández de Oviedo  pone en tela de juicio el que en realidad fueran amazonas las que vivían en esos pueblos de mujeres, explicándolo como sigue: los cristianos las comenzaron a llamar amazonas, sin lo ser; porque aquellas que los antiguos llamaron amazonas, fue porque para ejercitar el arco y las flechas, seyendo niñas, les cortaban o quemaban la teta izquierda, e no les crescía, e dejaban la derecha para que pudiesen criar la hija que pariesen [... así pues, en griego,] amazona quiere decir sin teta”.

Basada en esas y otras noticias, la antropóloga Laurette Séjourné dedica parte de sus investigaciones a seguir la pista a los vestigios matriarcales que se observan en algunas comunidades nativas del Nuevo Mundo, como el hecho de que “el hombre no se avergüenza de hacer las tareas juzgadas en otras partes como indignas del sexo fuerte”. Una de las pruebas, a su entender, se puede apreciar en lo que ocurría en Ecuador y en los alrededores del Cuzco, donde, según Cieza de León, las mujeres labraban los campos y beneficiaban las tierras y las mieses, y los maridos hilaban, tejían y se ocupaban en hacer ropas. Además, hay que tomar en cuenta lo que fray Bartolomé dice de los hombres que no eran “para mujeres” o habían perdido su virilidad, los cuales usaban “vestidos femíneos, para dar noticia de su defecto, pues se habían de ocupar en hacer las haciendas y ejercicios de mujeres”.


 

Una de esas comunidades es la chorotega. Por mandato del gobernador Pedrarias Dávila, fray Francisco de Bobadilla efectuó una entrevista a los nativos de Nicaragua durante el tiempo que pasó en esa región adoctrinándolos; dicha entrevista la reprodujo Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias, en la cual se pueden apreciar los muchos privilegios que tenían las mujeres chorotegas. Empezaré por explicar quiénes eran los chorotegas o mangues: descendientes de los habitantes de Chiapas, México, los chorotegas se establecieron en la reducida región de la Gran Nicoya, hacia el siglo XIV D.C.  Clavijero cuenta que “al llegar a Xoconusco, [los chiapanecas] se dividieron, yendo unos a poblar Nicaragua y quedaron los restantes en Chiapas”. La Gran Nicoya, donde se establecieron, constituía un puente entre el norte y el sur y por tanto, el entrecruce de varias culturas, como las de Colombia en el año 1000 D.C., otra de México, cincuenta años después de la chorotega y la de los caribes de Venezuela, en 1400 D.C.. La influencia de todas ellas sobre los chorotegas se puede apreciar en algunas de las costumbres, en especial las de los aztecas, pues practicaban, como ellos, la antropofagia ritual; de Colombia, el tratamiento del oro por el vaciado en cera.

Cuando llegaron los conquistadores y durante varios siglos después, la Península de Nicoya formaba parte del territorio de Nicaragua. En 1824 los habitantes de los pueblos de Santa Cruz y Nicoya efectuaron un plebiscito por medio del cual decidieron la anexión del Partido de Nicoya a Costa Rica. Esto explica que Fernández de Oviedo mencione siempre a Nicaragua al referirse a la Gran Nicoya. Sustenta el hecho de que el poderío de los aztecas llegó hasta esas regiones, vale explicar que el término Nicaragua procede de “Nic-Anahuac” que sugiere el sentido de “el Anáhuac de aquí”.

En muchos aspectos, los chorotegas o mangues de la Gran Nicoya, se destacaron por transgredir las estructuras del poderío azteca, por lo que se prestan como ejemplo de lo que podrían ser vestigios de un muy lejano matriarcado. Empecemos por señalar que en la sociedad chorotega algunos padres llevaban a sus hijas vírgenes al cacique y hasta le suplicaban que las desflorara. Esto lo hacían “para las honrar a ellas e a sus parientes, e luego se casaban con ellas de mejor voluntad los otros indios”.

Además, en los areitos o bailes participaban igualmente hombres y mujeres; ellas, “asidas de las manos, e otras, de los brazos, e los hombres en torno de ellas, más afuera”. Terminada la danza y los sacrificios rituales de algunos de los bailarines, “todas las mujeres dan una grita muy grande y se van huyendo al monte [...] contra la voluntad de sus maridos e parientes, de donde las toman a unas con ruegos, e a otras con promesas e dádivas, e a otras que han menester más duro freno, a palos o atándolas por algún día [...]; e a la que más lejos toman, aquélla es más alabada e tenida en más”.


 

Bien podría interpretarse con Lévi-Strauss que esta algazara o “guirigay” en todas las latitudes es signo y complot de una ruptura del orden, ruptura entendida como matrimonios desavenidos, eclipses, sacrificios, guerras, motines, etcétera. De acuerdo con esto se podría descifrar la gritería y huida de las mujeres como una protesta contra el régimen patriarcal que imponía guerras y horrendos sacrificios humanos.

A lo anterior hay que agregar que entre los chorotegas la prostitución era un  respetable oficio que practicaban algunas mujeres al precio de diez granos de cacao por sesión; este “dinero” estaba destinado a acumular una enjundiosa dote que atrajera a los mejores pretendientes; lo interesante es que era la joven la que escogía a su futuro marido, y no sus padres, como era costumbre entre los aztecas. Una vez casadas, en general las mujeres chorotegas no querían tener hijos para no estropear su belleza. Contrariamente a la costumbre de los aztecas, el aborto era muy corriente entre los chorotegas, siempre que lo aprobara el marido

Vale mencionar que el prostíbulo de las comunidades chorotegas se hallaba en el mercado o tianguez, y éste era administrado y atendido sólo por las mujeres, quienes vendían “esclavos, oro, mantas, maíz, pescado, conejo e caza de muchas aves, e todo lo demás”. A ningún hombre de la comunidad se le permitía la entrada, excepto a los mancebos que no habían conocido mujer, a los hombres de otros pueblos y a forasteros aliados.

Puesto que las mujeres chorotegas se cuidaban del trueque y trato de las mercancías, los hombres debían proveer los productos de su quehacer cotidiano, a saber, labranza, caza o pesca; pero antes que el marido saliera a cumplir con esas actividades, tenía que dejar barrida la casa y encendido el fuego. Dicha obligación asignada a los varones, bien podría interpretarse como una manifestación más propia del sistema matriarcal transgresor del patriarcado que tradicionalmente asigna esas tareas a las mujeres. Por todo lo anterior, los nicaraos, haciendo alarde de que eran “muy señores de sus mujeres” a las que mandaban y tenían sujetas a su voluntad, les echaban en cara a los chorotegas, sus vecinos, feroces y valientes guerreros, recriminándoles ser “mandados e subjetos a la voluntad e querer de sus mujeres”.

Además de los chorotegas, existen signos en otros grupos etnohistóricos que sugieren la presencia de lejanos matriarcados en la geografía del Nuevo Mundo. Por ejemplo, Fernández de Oviedo informa que las mujeres del Golfo de Urabá, en Castilla del Oro, “van a las batallas con sus maridos, e también, cuando son señoras de la tierra e mandan e capitanean su gente”, las llevan en andas, al igual que los señores, por una o dos docenas de indios.

Asimismo, Séjourné relata que en la actualidad han quedado en otros grupos indígenas supervivencias de algunas costumbres que practicaban los antiguos chorotegas, en especial, la de la presencia dominante de las mujeres en el tiánguez o mercados. La antropóloga lo experimentó en  Tehuantepec, donde todavía, en 1978 (fecha de publicación de su libro), “sería extraordinario encontrar a un hombre del lugar en el mercado [...]. Es evidente que sólo las mujeres venden en los mercados; los [...] hombres que allí se ven provienen de afuera”. Los lugareños pacientemente “esperan en el exterior de la cerca que lo rodea, que alguna mujer quiera llevarles lo que piden”. Ninguno de ellos se atrevería a instalar un puesto en esos tiánguez, pues las mujeres lo echarían en seguida con burlas y desprecios. En el pueblo de San Mateo del Mar de esa región, como vimos antes entre los chorotegas, son los varones los que realizan ciertas tareas atribuidas por tradición a la mujer; cuenta Séjourné que mientras la esposa reinaba en el mercado, el marido “lavaba la hamaca que fue destinada [para ella como huésped], cuidaba del fuego del hogar y cosía alegremente a máquina los huipiles” o camisas largas.


 

Sustentan más la teoría de Séjourné los documentos contenidos en archivos de la nación, en especial el Archivo General del Estado de Oaxaca, Archivo Regional de la Mixteca, Tlaxiaco y el Archivo del Poder Judicial del Estado de Oaxaca, los cuales superan los datos suministrados por la etnohistoria oficial de los cronistas. Basándose en documentos de archivo de esas regiones, Ronald Spores suministra evidencia de la abundancia y riqueza de cacicas que durante la Colonia predominó en esa geografía. Entre dichas cacicas se destacan Ana de Sosa, Catalina de Peralta y María de Saavedra.

La primera, Ana de Sosa, fue cacica de Tututepec, una de las comarcas más fértiles de Mesoamérica, la cual abarcaba desde el Istmo de Tehuantepec hasta la frontera entre Oaxaca y el actual estado de Guerrero. Ana recibió el cacicazgo a raíz de la muerte de su marido, cerca de 1550 y mantuvo dicho puesto y autoridad hasta que en 1570 el título pasó a manos de su hijo, Melchor de Alvarado; éste defendió y mantuvo el puesto y poderío contra Alonso de Mendoza, hijo bastardo de su padre. En 1601, Isabel de Alvarado, nieta de Ana de Sosa, fue confirmada cacica de Tututepec y Juquila por el virrey y la audiencia de Nueva España. Ella tenía extenso número de bienes muebles e inmuebles, entre los que contaban propiedades, huertas, lagunas, ricas joyas, piedras preciosas y finísimas ropas. Spores explica que “sólo las posesiones de Hernán Cortés en el Valle de Oaxaca y de Tehuantepec, excedían las de Ana de Sosa. […] Sin duda alguna, a mediados del siglo XVI Ana de Sosa era la mujer más rica y poderosa, nativa o española, en el sur de Nueva España”.

La segunda cacica de Oaxaca fue Catalina de Peralta, quien en 1559 recibió el título real de cacica de Teposcolula después de un largo pleito legal contra Felipe de Austria de la familia poderosa de Tilantongo. Felipe era el viudo de la hija del difunto cacique de Teposcolula, Pedro de Osorio, quien no dejó herederos, por lo que el viudo reclamó que se le declarara sucesor. Catalina pudo substanciar su demanda como hija de la hermana de Osorio; asimismo, probó que ella era la legítima heredera, por ser nieta de gobernantes pre-hispánicos de Teposcolula. Éste fue un muy importante cacicazgo, tanto antes, como después de la Conquista. El precio legal declarado de los bienes de Catalina “abarcaba casas, joyas, tierras y huertas y era de seis mil pesos de oro de minas y mucho más,” enorme suma para aquellos tiempos . Las cursivas son del autor). Catalina pasó su vida defendiendo su herencia, pero murió sin dejar hijos, por lo que a finales del siglo XVI ese título recayó en un noble primo suyo.

Otra de las poderosas cacicas de la región mixteca fue doña María de Saavedra, quien en 1573 recibió el cacicazgo de Achiutla y Tlaxiaco, dos de los más grandes y ricos patrimonios nativos, que heredó de su padre, don Felipe de Saavedra. Con el fin de que doña María recibiera ese título, su padre impuso en su testamento la orden de que su hija debía casarse con su primo, el hijo de la hermana de él, doña Isabel de Rojas. En 1587 doña María de Saavedra contrajo matrimonio con su primo hermano, don Francisco de Guzmán, hijo del cacique de Yanhuitlan, Gabriel Guzmán y doña Isabel de Rojas de Tlaxiaco-Achiutla. Recordar que los mixtecas practicaban la endogamia, por lo que  era común para ellos el matrimonio entre primos durante la época pre-hispánica y la Colonia. Una vez cumplió con los requisitos impuestos en su testamento por su padre, los terrenos, pastizales, huertas, tributos que recibiría de los pueblos bajo su mandato y los bienes muebles e inmuebles que heredó doña María fueron incontables. Spores, el autor del artículo, dice que sus tierras y posesiones “eran las más extensas y valiosas, pertenecientes a un solo individuo en la provincia de Tlaxiaco a mediados del siglo XVI”; tanto, que en 1581 ella donó y vendió algunas de sus más fértiles tierras al monasterio dominicano de Tlaxiaco.
 

 

Spores menciona otras cacicas mixtecas menos poderosas que las de Tlaxiaco, Yanhuitlan y Teposcolula, como doña Juana de Rojas, titular del cacicazgo de Tlacotépec en el centro de la región mixteca, quien estaba casada con don Jerónimo de Rojas, cacique de Ocotepec. María López fue cacica de Tlacotepec, el cual, a su muerte, pasó a manos de doña Juana de Rojas, quien en un litigio probó que don Juan de Guzmán había usurpado el poder y  que a ella le correspondía ese título; ganó el litigio y quedó dueña del cacicazgo de Ocotepec y de Tlacotépec.

Algunos de esos cacicazgos siguieron siendo gobernados por mujeres, según Spores, hasta el siglo XVIII y otros continuaron hasta principios del XIX; ése fue el caso de doña Pascuaza Feliciana de Rojas, descendiente de doña Juana de Rojas, y cacica de Santo Tomás Ocotepec, Santa Cruz Nundaco y otras comunidades mixtecas. Más avanzada la Colonia, las mujeres mixtecas perdían sus privilegios y títulos, los cuales eran reñidos por sus propios parientes, comunidades vecinas, caciques, la orden de frailes dominicos, y hasta españoles, mestizos e indios. “Doña Pascuaza tuvo que defender sus derechos en varias ocasiones, de modo que sus herederos continuaron en posesión de sus tierras hasta muy entrado el período posrevolucionario”.

Powers continúa informando acerca del poderío de las mujeres mixtecas, quienes “heredaban títulos dinásticos por medio de descendencia directa, tal como los heredaban sus contrapartes masculinos y eran iguales a ellos en rango”. Asimismo los mixtecas desarrollaron un sistema de alianzas maritales endogámicas que produjo una multitud de pequeños cacicazgos desde el año 1000 DC. Estas indígenas mixtecas tendían a gobernar más que las mujeres del centro de México. Aparentemente, concluye Powers, lo que contaba en esa sociedad era el linaje y no el género.

Todas esas cacicas mixtecas eran miembros de la misma casta endogámica y estaban relacionadas a través del matrimonio o por vínculos familiares. De acuerdo con Spores, “las cacicas fueron activas e influyentes en la vida social, económica y política y representaron un importante papel en la formación de la sociedad colonial mixteca”.

Como dato curioso, Fernández de Oviedo cuenta que en el Nuevo Reino de Granada (hoy Colombia), habitaban los feroces panches. Durante las batallas, no son los hombres los que piden tregua o la paz, “sino la mujer o mujeres; porque dicen que son más amigables y más blandas para alcanzar la paz de los contrarios [...] y porque es mejor que mientan ellas, que no ellos”. Entre estos panches, las mujeres que no quieren casarse acostumbran llevar arco y flechas y van a la guerra con los hombres; ellas guardan castidad y “pueden matar sin pena a cualquier indio que les pida el cuerpo o su virginidad”.

Entre los incas existían grupos étnicos gobernados por mujeres llamadas capullanas, con el mismo poder y privilegios de los líderes masculinos. Cuando hacia 1530 llegaron los españoles, estas mandatarias mantenían su poderío en la costa norte del Perú. Aquí interesa mencionar el caso de doña Francisca Sinagsichi, cuyo mandato en las tierras del altiplano del Ecuador, fue legitimado por el Inca durante la conquista de los Andes del norte “en una doble ceremonia en la que a ella y a su esposo se les concedió separada jurisdicción sobre la gente de esa área”.

 

Sin embargo, bajo el mandato de los españoles, las capullanas poco a poco fueron perdiendo su poderío; ése fue el caso de doña Francisca Canapaynina, quien se apoyó en la tradición de que las mujeres gobernaban antes de la llegada de los españoles, para reclamar ante las cortes el liderazgo de uno de esos grupos del altiplano; ella perdió su caso y el poder pasó a su marido, don Juan Temoche. En cuanto a la capullana doña Francisca Sinagsichi, del Ecuador, quien había recibido el poder de mano del Inca, después de la invasión de los españoles, las autoridades coloniales reconocieron sólo a su esposo, don Sancho Hacho, como el poderoso señor de la entera provincia de Latacunga, que abarcaba los dominios de su esposa. Además, por servicios militares, se le otorgó a él una encomienda, la orden de caballero y un escudo heráldico; así, el señor Hacho se convirtió en uno de los más ricos quitenses del siglo XVI. A doña Francisca se le concedió una propiedad hereditaria y en los expedientes españoles aparece sólo como la esposa legítima de don Sancho. En 1580, cuando doña Francisca preparaba su testamento, don Sancho la había abandonado y vivía en concubinato con doña Francisca Chiguaranquil. Esto la llevó a temer que su marido se aprovechara del sistema colonial que no favorecía en nada a las mujeres y le quitara poder político.

Refuerza el aserto de un posible matriarcado el hecho de que a lo largo de la geografía precolombina hubo regiones en las que persistía una conducta matrilineal. En el Imperio Inca existió, por ejemplo, entre los señores principales la supremacía de la herencia materna, sobre todo en las costas del Pacífico, donde el poder no iba  a manos del hijo del hermano, como lo expuso Cieza de León, sino “antes al hijo de la hermana, que deste preferían, diziendo que éste era más sierto heredero y sobrino que el hijo del hermano”, pues lo había parido la cuñada. También en Ecuador, “es el hijo de la hermana el heredero”, tal como lo explica López de Gómara. En lo que toca a los mayas, en Yucatán, por ejemplo, se le asignaba el primer lugar al nombre del clan de la madre, mientras que al clan del padre se le concedió ese privilegio poco antes de la llegada de los españoles.

La hegemonía de la mujer en comunidades como la de los chorotegas en el Golfo de Nicoya, las de Urubá en Castilla del Oro, y las de Tehuantepec y Oaxaca en México, ha dado motivo a la antropóloga Laurette Séjourné para interpretarla como un signo de que a la llegada de los españoles y hasta durante el siglo XX, todavía se podían apreciar vestigios de algún posible lejano matriarcado indígena. Es así que ella concluye que  “la supervivencia del conjunto cultural centrado en la filiación femenina no se observa más que en los países colindantes con el Pacífico, por lo que se puede pensar que el lugar de origen [del matriarcado] sea la región del actual Perú”.

No obstante, aquí se hace preciso aclarar que aún no se sabe si el matriarcado existió como un ciclo independiente de cultura, o sea que hubiese habido una etapa de la historia caracterizada por un absoluto predominio de la mujer. Sin embargo, existen ciertas estructuras ̶ el matrilocalismo, la ginecocracia  ̶  que realzan la importancia social, jurídica y religiosa de las mujeres. Empero,  Eliade explica que importancia no significa supremacía de ellas. Aquí conviene revisar lo siguiente: existe una hipótesis que fue adoptada por la escuela histórico-cultural, según la cual, las sociedades secretas de hombres surgieron como consecuencia del ciclo matriarcal: el objetivo de dichas sociedades consistía en disfrazarse de demonios para aterrorizar a las mujeres y así eliminar el poderío de ellas, producto del matriarcado. Eliade dice que no hay prueba de eso y que más bien “las sociedades secretas de hombres se derivan de los misterios de iniciación tribal”; las de las mujeres, en cambio, tienen su  origen en algunos ritos de iniciación durante la pubertad, conectados con la primera menstruación. Además, hay que tomar en cuenta que según los etnólogos, si hubo un matriarcado, este no fue un fenómeno primordial, pues ocurrió después del cultivo de las plantas y de la propiedad en tierra laborable.


 

Los inusuales comportamientos de la mujer nativa, los cuales desconcertaron a los conquistadores, podrían explicarse mejor echando mano a la acertada interpretación de la conducta indígena bajo la definición de paralelismo genérico auto-independiente y la descendencia paralela, que expone Powers de la siguiente manera: entre los aztecas, ese sistema posibilitaba a las mujeres a ocupar amplios espacios en los que sus quehaceres tenían un equivalente masculino. En una  sociedad en los que sus quehaceres tenían un equivalente masculino. En una sociedad con ese  sistema, las “mujeres y hombres operan en dos esferas separadas pero equivalentes, en las cuales cada género disfruta de autonomía”; como ejemplo, la autora expone el siguiente: tanto en la sociedad azteca como en la inca, las mujeres tenían sus propias organizaciones religiosas y políticas con su propia jerarquía de sacerdotisas y oficiales, como tenían los hombres en su esfera. Pese a que cada género funcionaba en su propia esfera, sus mundos eran altamente interdependientes y se juntaban en la cúspide del sistema político por el mandato de un señor supremo y su concejo.

Aquí conviene tomar en cuenta que en el sistema político y gubernamental, el puesto de máxima autoridad, después del monarca azteca, lo ejercía un hombre cuyo título era el de cihuacóatl, que quiere decir “mujer serpiente”. Ángel Mª Garibay, en el prólogo a la Historia de fray Diego Durán, presenta la siguiente interpretación de ese vocablo nahua: “cihuacóatl, cihuacuatl, cihuacohuatl. Grafías variadas. [...] Es el funcionario segundo en categoría; sigue al tlacatecuhtli, y es el representante del ‘principio femenino’. De ahí su nombre, que puede traducirse ‘Mujer serpiente’ o mejor ‘Comparte femenino’. Es el que sustituye al rey, como la mujer al marido en casa”. De esta estructuración mítico-simbólica de un doble principio vital podría derivarse el sentido de dignidad que se mantuvo entre los aztecas. A partir del monarca azteca y de cihuacóatl, su correspondiente en el poder, se aprecia una casi rigurosa correspondencia de las funciones de hombres y mujeres que reproducen las que cumplían las parejas sagradas en el Cosmos.

Interesa consignar que la anónima Relación de Michoacán recoge instancias en las que el rey o cazonci saludó a los sacerdotes diciéndoles: “‘madres, seáis bienvenidas’. Pues así era como se dirigían a los sacerdotes de la madre Cuerauaperi”. A lo anterior hay que agregar la tendencia nahua de llamar a sus gobernantes “padres y madres” del pueblo  ̶ explica Haskett ̶  lo cual significaba que tanto los varones como las mujeres en su función paternal eran necesarios para realizar un liderazgo adecuado.

Por su parte, Kellogg explica que “la base del paralelismo genérico se apoya tanto en las formas de cultura y pensamiento mexicanos, como en las creencias y estructuras mexicanas del parentesco. Aquéllos abarcan en especial dualidades y complementariedades, las cuales a veces ponen énfasis en contrastes y oposiciones”. En ese sistema del que participaban igualmente aztecas como incas, las mujeres no se consideraban subordinadas o menos importantes en el manejo exitoso de la sociedad. Por ejemplo, en las comunidades andinas, los hombres araban, las mujeres sembraban y los dos juntos recogían las cosechas. En Mesoamérica, mientras el hombre luchaba en los campos de batalla, las mujeres en la casa tenían que conservarla limpia y ordenada para así cumplir con su responsabilidad de mantener el equilibrio cósmico.

Algunos estudiosos del tema dicen que ese principio paralelístico fue socavado tanto por los aztecas como por los incas, pues con la expansión de sus imperios, la guerra llegó a ser la ocupación más prestigiosa; según ellos, fue así que las mujeres, que no podían ser guerreras, perdieron su estatus social. Otros como Louise Burkhart expusieron que esas sociedades desarrollaron entonces nuevas ideologías del género que equiparaban el rol de la mujer al de los guerreros. Eso se puede apreciar en el hecho de que el parto con éxito lo comparaban los aztecas con la victoria del guerrero en el campo de batalla, pues en el momento en el que la criatura salía del vientre de la madre, “la partera daba unas voces a manera de los que pelean en la guerra; esto significaba [...] que la paciente había vencido varonilmente, y que había cautivado un niño”. Además, las que morían durante su primer parto, recibían parecida gloria e igual tarea a la de los guerreros caídos en batalla: éstos, con sus rodelas y armas, “iban delante [... de Tonatiuh, el dios Sol] peleando, con pelea de regocijo, y llevábanlo así hasta el puesto de mediodía. [...] Las mugeres que morían en la guerra, y las que del primer parto fallecían [...iban] a la casa del sol, y [...residían] en la parte occidental del cielo”.


 

En resumen, poco a poco, conforme se efectuaban las guerras expansionistas de los imperios indígenas, se fue excluyendo a las mujeres del ámbito de política, religión, economía, cultura e instituciones militares. El signo mujer perdió entonces fuerza y dominio, a tal punto que sus derechos y campos de acción independientes o no subordinados a los hombres, quedaron reducidos a los que los conquistadores  dejaron consignados en sus crónicas. En suma, la presencia de los españoles en el Nuevo Mundo remachó dicha tendencia y acabó del todo, en la mayoría de las comunidades indígenas, con el paralelismo interdependiente de los géneros, que expusimos arriba

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* RIMA DE VALLBONA (Costa Rica), DML. Catedrática Emérita, University of St. Thomas, Houston, Texas. Miembro numerario de la ANLE  y Correspondiente de la Academia Costarricense.

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TEXTOS CONSULTADOS


1.   Códices, crónicas, relaciones y cartas


Anónimo. Historia de Tlaxcala. Germán Vázquez Chamorro, Ed. México: Editorial Dastin, 2002.

Anónimo. Relación de las cerimonias y rictos y población y gobernación de los indios de la provincia de Mechoacán, hecha al ilustrísimo señor don Antonio de Mendoza, virrey y gobernador desta Nueva España por su majestad. Leoncio Cabrero Fernández, Ed. Madrid: Editorial Dastin, S. L., 2002. Conocida como Relación de Michoacán.

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