miércoles, 3 de abril de 2013

El orden simbólico de la madre en la organización de la familia carcelaria - Norma Mogrovejo

Referencia: Mogrovejo, Norma, "El orden simbólico de la madre en la organización de la familia carcelaria", en Textos impublicables, http://www.textosimpublicables.blogspot.mx/, en word: http://bit.ly/10x6xRe, marzo de 2013.
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El orden simbólico de la madre en la organización de la familia carcelaria

Norma Mogrovejo Aquise

Yo afirmo que saber amar a la madre hace orden simbólico.
He nacido en una cultura en la que el amor a la madre no se enseña a las mujeres. Y sin embargo es el saber más importante, sin el cual es difícil aprender el resto y ser originales en alguna cosa.
El simbolismo no metafórico de la madre (…) ya tiene su lugar, de hecho, y un lugar solidísimo, una fortaleza, en nuestra infancia
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Luisa Muraro, El orden simbólico de la madre

En el Centro de Readaptación Social de Varones (CERESOVA), más conocido como “la cárcel de varones”, como en cualquier otra cárcel de varones, la sobrevivencia cotidiana obliga a expresar actitudes de extremada virilidad debido a que la muestra de debilidad es una exposición a riesgo. La devaluación de lo femenino se expresa con diversas formas de violencia, burlas, mofa, ridiculización, golpes, insultos, gandallaje y muchos etc. Siempre alertas, muy machos, listos a responder, en guardia, la actitud masculina pareciera anular cualquier expresión de lo femenino. Sin embargo, en un espacio masculino por eminencia, no es extraño oír un lenguaje construido con denominaciones en femenino: “las malas”, grupo de choque que generalmente se contrata para hacer un trabajo sucio; “las locas”, personas cuyas reacciones son impredecibles por lo que son de cuidado; “las hermanas” o “las amigas” grupo de personas en los que se puede confiar. La lista puede ser larga. A pesar del demérito de lo femenino en general, estas denominaciones de la jerga cotidiana, hacen referencia, contrariu sensu, a espacios de consideración y respeto. Se puede tener una denominación en femenino pero no una actitud de debilidad, así, las personas identificadas con la jerga en femenino no necesariamente serán blanco de agresiones, muchas de ellas tienen un respeto ganado.
Un ejemplo paradigmático es la presencia de los homosexuales, cuya denominación puede ir desde “locas”, “putos”, “jotos”, “chotos”, etc. o nombres de mujeres; quienes en la interpretación de lo masculino, serían los traidores a las prerrogativas del sistema patriarcal, por ello estarían identificados con lo femenino. En este espacio misógino, han logrado un ámbito de consideración bajo los propios códigos de la masculinidad. Es aquí justamente donde la aparente y fácil dicotomía de los binarios se quiebra. Así, lo masculino no necesariamente es lo bueno y lo femenino no necesariamente lo malo, como tampoco lo no masculino es necesariamente femenino. En esta compleja trama, los homosexuales pudieron fácilmente diferenciar entre la construcción del deseo sexual,  la identidad, y la expresión genérica. Una frase muy común, grafica dicha diferencia “soy puto por la cola pero macho por los puños”. De esta manera, la elección del sujeto de deseo es independiente de  la expresión genérica; en este caso, la expresión genérica como construcción cultural, responde a las necesidades de defensa y sobrevivencia en la socialización de lo masculino (macho por los puños) y es independiente de la identidad; del yo asumido desde la conciencia. De la misma manera, en el encierro, las prácticas sexuales homoeróticas (generalmente no reconocidas abiertamente) no necesariamente definirán una identidad homosexual ni un tipo específico de expresión genérica. Es decir, se puede ser homosexual y no femenino o se puede ser heterosexual con una denominación en femenino o ser heterosexual con prácticas homoeróticas.
Pero el centro y la más importante de todas las construcciones que se articulan en femenino en la cárcel de varones es el de “la madre”, el eje de la organización social básica: la familia carcelaria, ella es la “jefa del cantón”.
No cualquiera puede ser una madre, para llegar a serlo se debe contar con un liderazgo especial, ganado por el logro de una serie de virtudes reconocidas por la comunidad, parafraseando a Beauvoir, “llegar a ser madre” en la cárcel, es un acto de absoluta trascendencia. Es interesante que sea justamente la figura de la madre, el símbolo de lo femenino por excelencia, el sujeto central del espacio más masculino por imposición: la cárcel de varones.
La filósofa Luisa Muraro hace un conspicuo análisis del papel simbólico de la madre en la transmisión de la cultura hacia sus hijas, quienes a su vez se convertirán en madres; a través de la lengua como una función simbólica que nos permite interpretar lo que es real. “Las reglas de la lengua materna nacen de la necesidad de mediación, son las que impone la madre para que podamos volver a comunicarnos con ella compartiendo su experiencia con el mundo” (Muraro, 1994: 47). En palabras de dicha autora:
El mundo nace con el círculo completo de la mediación, es un círculo de cuerpo y palabra que hace que las mujeres sean protagonistas de lo que algunas historiadoras han llamado las “prácticas de creación y recreación de la vida y la convivencia humana” que son aquellas que hacen posible venir al mundo y mantener la vida, transmitiendo y haciendo al mismo tiempo el orden simbólico de la madre (Muraro, 1994: 80).
Aún dentro de la estructura carcelaria masculina, encontramos esta figura mediadora de la cultura, una madre simbólica, que hará posible la transmisión de reglas sociales y valores a un grupo de personas que están bajo su protección. Es a partir de esta figura que el orden simbólico de la madre hará posible un continuum materno, así Muraro afirma que llegar a ser madre es simbólicamente relevante, define la relación de una mujer con su madre porque tiene como trasfondo su relación originaria.
Según Muraro, forma parte del orden simbólico de la madre la figura del continuum materno, que a través de las madres antecesoras nos remite, desde dentro, a los principios de la vida; esta estructura hace de puente entre naturaleza y cultura. Y es la madre, este puente entre el mundo de afuera que espera, la vida y la cárcel, el útero del que no se puede salir aún. En ésta relación de madre a hija, encontramos los orígenes de la diferencia sexual: la criatura del sexo femenino se sitúa en el punto central y a la vez concluyente del continuum materno, que se reabre cada vez que una hija se convierte en madre (Muraro, 1994). Pero ¿cómo es que un hombre se convierte en madre? Y ¿cómo dentro de un espacio tan agresivo para lo femenino, es la imagen de mayor respeto?
Si bien es cierto, no existe una esencia de mujer, las mujeres hemos sido definidas de muchos modos a lo largo de la historia. Siempre de acuerdo con las conveniencias, prejuicios, miedos y perplejidades de los varones (Sendón de León, 2002: 30, 31). En este caso, el “llegar a ser madre”, no significa asumir una identidad genérica femenina, ni representar performáticamente un ámbito ontológico transgenérico, sino asumir un arquetipo que estructura un orden simbólico que seguramente nos remite a algunas versiones de ser mujer, asumida desde la necesidad y conveniencia de aquel espacio masculino.
El Cantón, el hogar del pobre, el refugio de la familia proletaria, es también la denominación del hogar que forman los reclusos en el Centro de Readaptación Social de Varones. El CERESOVA está organizado en doce dormitorios y varias zonas, las que a su vez tienen doce estancias, cada una, conocida como el cantón, que alberga a una familia penitenciaria.
La organización de la familia penitenciaria tiene mucha similitud a la familia social. Sus miembros provienen en su mayoría de familias disfuncionales donde el padre es una figura ausente o desdibujada porque no ha cumplido su función de buen educador o de buen jefe de familia, de allí que la madre para los reclusos cobra un sentido fundamental. Reemplaza la imagen del padre y en consecuencia es la proveedora del hogar. En reclusión, será la acompañante incondicional de las visitas a lo largo de su estancia, la que ante el paulatino abandono de otros familiares, incluso la esposa, proveerá recursos económicos, materiales y afecto incondicional. De ahí que hablar de la madre en el reclusorio, tiene un significado fundamental, respeto y admiración.
De acuerdo a María Milagros Rivera:
Mujeres serían las hijas, las que nacemos como hijas, por más diversidad y disparidad que expresen nuestras existencias después. Lo que da cierta coherencia a esa categoría, es una carencia, una carencia de orígenes culturalmente representados, de orígenes socialmente codificados; nos unirán el ser hijas de mujeres la relación primera con las cuales ha sido cortada para entrar en el orden patriarcal (Rivera, 1994: 69).
Y es quizá la carencia de libertad lo que da coherencia en lo simbólico a los reclusos para asumir “la libertad” de representarse como madres, en su calidad de hijos no abandonados por sus madres. Esta relación primera con la madre sería, en opinión de Luisa Muraro, “una relación de amor y de gratitud no en sentido psicológico o moral, sino como estructura; una estructura simbólica que puede tener contenidos positivos o negativos, no importa, pero estructura de relación con el origen materno concreto y personal que nos de a las mujeres un lugar de enraizamiento en el mundo” (Rivera, 1994: 69). Y cómo no imaginar la necesidad y búsqueda de estructura y enraizamiento en la cárcel. De ésta manera, tanto mujeres como presos compartimos esa carencia, ese no reconocimiento social, somos “lo otro” socialmente, de allí la búsqueda de raíces en un mundo que nos considera ajenos.
No hay otra figura de mayor respeto que la de “la madre”, por ello, en la organización interna del cantón o la familia penitenciaria, “la madre”, está a la cabeza.
Al igual que la familia social, la familia carcelaria es  jerárquica. Después de la madre, están los hijos mayores, un grupo de reclusos con cierto poder y decisión. Luego están los “chavos” que serían los hijos menores, con menos poder que los anteriores y hacen los mandados de los mayores pero por encima de “los monstruos”, una suerte de mandaderos sin sueldo, adictos a alguna droga lo que les implica un gasto y por ello una necesidad para cubrirla a cualquier costo. Por debajo de toda la estructura están los extranjeros, los que oficialmente (para las autoridades) no existen, cuentan con escasa o nula participación en la toma de decisiones, su carácter es de refugiados[1] por lo que el cantón les hace el paro[2] en su permanencia.
A continuación una caracterización más profunda de los sujetos: 

LA MADRE
El requisito fundamental para ser madre es la solvencia económica, además de carisma y liderazgo, que en conjunto generará reconocimiento y seguridad a los miembros del cantón para la resolución de problemas. La solvencia económica a su vez le otorga ciertas prerrogativas en su relación con los custodios y otras madres, por ejemplo en el vestir, usa ropa limpia, de calidad, generalmente blanca, a diferencia de los demás que están obligados a usar el color crema o caqui, uniforme del reclusorio. La madre no come rancho[3], su solvencia le permite consumir comida elaborada.
Sus funciones son de alta responsabilidad y cuenta con el reconocimiento de los demás miembros del cantón, como jefe y líder, todos se identifican con él.
El cumplimiento de sus funciones garantiza una buena convivencia entre los miembros del cantón, esencialmente dentro de la estancia y eventualmente fuera de ella y en general con los miembros de la comunidad penitenciaria.
La madre toma las decisiones más importantes y asigna el rol de cada uno de los miembros del cantón o familia penitenciaria. Define los gastos cotidianos de la estancia y la forma en que se tienen que cubrir los útiles de aseo, la comida, focos, etc.
Regula las relaciones al interior del cantón, se preocupa por que exista armonía entre los miembros del grupo para preservar la unión, lo que implica utilizar la coacción o la violencia en casos extremos y necesarios. Regula las relaciones externas, decide quién entra o no al cantón en estricto cuidado del ambiente del mismo. En mérito a que no cualquier persona puede estar en una estancia ajena, sólo puede haber visitas si la madre y los miembros con capacidad de decisión están de acuerdo.
Como líder protectora, negocia con seguridad y custodia en favor de los miembros del cantón si éstos tienen problemas y debe bajar del camión[4] a cualquiera de sus integrantes, pagando un rescate.[5]
Es líder de opinión, su experiencia, carácter y relaciones le dan autoridad para emitir normatividades incluso de carácter autoritario, pero enfocadas a sustentar o mantener el bienestar común de la familia. Sus comentarios cuentan con la aceptación de la mayoría.
Tiene la responsabilidad estratégica de unificar el cantón, hacerlo más fuerte y unido, por lo tanto funcional y para ello recurre a símbolos de construcción social.
Cuando una madre cumple con todas sus funciones, se consolida haciendo más fuerte su identidad lo que garantiza su permanencia, es una ardua labor que trae muchos problemas e igual número de beneficios. Es pues el rol más importante en torno al cual giran todos los roles de los otros miembros de la familia.
La relación con la madre no se acaba con la infancia, sino que afecta a todos los seres humanos durante la vida entera porque el nacimiento es el hecho inaugural de la propia historia y sigue viviendo con ella. En este hecho histórico se da a conocer el dato crucial de cada existencia humana: el hecho de nacer hombre o mujer. El mundo relacional que crea la madre cada vez que da a luz, de manera que venir al mundo queda definitivamente marcado por la dependencia de la relación materna. La dependencia de la relación primera con la madre, ha sido tomada de manera distinta por mujeres y por hombres. Entre los hombres, según Calderón de la Barca, el nacimiento ha sido entendido como el mayor delito del hombre. Porque en la relación con la madre hay de origen dependencia y asimetría (no desigualdad). Madre ¿porqué me pariste/si tan lejos me pariste? dice un poeta del siglo XX. En la historia de Occidente desde el Humanismo y Renacimiento existe la tendencia de los hombres a cancelar la dependencia como la asimetría originaria. Para cancelar la dependencia inventaron la subjetividad llamada moderna y para borrar la asimetría inventaron la igualdad de los sexos. Por ello, la diferencia sexual está ausente de la historiografía occidental moderna y contemporánea (Rivera, 2005:10).
Y cómo no mantener esa dependencia si la cárcel les ha quitado lo más preciado de la vida, la libertad, la movilidad, la autonomía; la madre real sigue proveyéndoles alimento y afecto y los reos seguirán siendo menores de edad. De ahí que reproducir la imagen de protección hacia otros, hijos desvalidos, necesitados de afecto y apoyo material, producirá el efecto del que habla Muraro con el continuum materno. Para la filósofa feminista francesa Luce Irigaray lo materno puede transformarse en un lugar de resistencia al orden patriarcal, y un espacio de creación de un sistema simbólico diferente (Irigaray; 1985). ¿Podríamos pensar que este espacio simbólico de creación de lo femenino  en una cárcel de varones, podría ser un espacio de resistencia al orden patriarcal? Analicemos las características de los otros miembros de la familia carcelaria.

LOS HIJOS MAYORES
Están subordinados a la madre pero por encima del resto de los miembros del grupo por quienes son respetados. Tienen una posición un tanto pasiva, no deben contradecir los intereses de la madre, a menos que uno de ellos intente poseer el rol de madre, tienen el respeto de la madre debido a que son los más próximos al poder y podrían conspirar para su derrocamiento. Son los segundos al mando y principal apoyo para la jefa. Como hermanos mayores o primogénitos, tienen ascendencia sobre los demás. Reemplazan a la madre en su ausencia y en conjunto deciden lo que más convenga a los intereses del cantón.
Cuentan con una situación estable sin límites en cuanto al uso de productos básicos (alimentos, artículos de higiene o drogas) por lo que su dependencia con la madre es limitada y recurren a ella sólo para solucionar conflictos interrelacionales, valga decir con algún miembro del grupo, ajeno a él o autoridades del CERESOVA.
Generalmente son personas estables con respecto a su comportamiento y aprovechan su tiempo en actividades positivas y productivas, algunos de ellos trabajan en algún taller o en algún área de servicios generales, o por su cuenta en un negocio que les reditúe ingreso, pero nunca por encima de la madre y nunca menor al del resto de miembros del cantón. Pueden darse el lujo de vestir de blanco, como las madres, pero a diferencia de aquellas, deberán pagar 10 pesos por atravesar cada una de las casetas de vigilancia, así que para cruzar “el kilómetro” (pasillo que lleva de un extremo a otro) implica al menos 40 pesos de ida y otros 40 de regreso.
Los hermanos mayores, al igual que la madre no comen rancho, sino, comida especial porque sus ingresos le permiten.

LOS CHAVOS O HIJOS MENORES
Por lo general son internos jóvenes, inestables en cuanto a su conducta y con nulo o poco apoyo económico o afectivo del exterior. Por su condición deben recurrir a buscar apoyo moral y económico de un miembro del cantón con mayor jerarquía y en este caso, generalmente de la madre, por esta relación deben ganarse la confianza a través de su lealtad para con la madre y los hijos mayores, pues son quienes realizan los encargos o encomiendas que requieren discreción o de alto grado de confiabilidad.
Ayudan económicamente a las actividades domésticas, sólo en ocasiones especiales y en ausencia del monstruo hacen el cantón.[6]
Cuentan con la confianza de todos los miembros del grupo, en ocasiones su sentido de subordinación los compromete a dar la cara[7] por algún miembro del grupo, sólo en cuestiones que no impliquen alto riesgo o un posible castigo[8] porque para ello está el monstruo.
Deben preocuparse por los intereses de la madre o su patrón[9], ya que de ello depende su estatus y de ello dependerá su mayor o menor retribución. Las remuneraciones que reciben son en dinero en efectivo como pago a sus servicios o con privilegios (comida, ropa, artículos personales, etc.) o favores.
La relación entre el chavo y la madre o su patrón es reconocida por el cantón, la comunidad y la autoridad ya que los problemas que genere el chavo implican responsabilidad para la madre o el patrón.
Cuenta en general, con al aprobación de la mayoría y es digno de confianza y simpatía de los miembros del cantón.

LOS MONSTRUOS
Son personas adictas a alguna droga, lo que les hace vulnerables, son objeto de abusos por parte del resto de los miembros de la familia penitenciaria. A ellos les corresponde hacer el cantón durante todo el día, así como los trabajos que para la mayoría son desagradables o cansados.
Generalmente viste con ropas sucias y viejas. Su aseo personal es mínimo, lo que le hace víctima de constante acoso o degradación
No recibe ninguna retribución por sus labores, lo que en ocasiones lo obliga a robar objetos de su mismo cantón para satisfacer sus necesidades de droga lo que provoca que sea acusado de nagual.[10]
Cuando surge algún problema que implique un pagador, él debe levantar la mano.[11] Debe ser el primero en levantarse y el último en acostarse porque normalmente le toca dormir en el piso.
Es el bufón. Debe hacer lo necesario cuando la banda se quiere desestresar[12] o divertirse. El respeto que amerita es nulo, su opinión no tiene ninguna validez, en cuanto a la forma de organizarse, está relegado a obedecer.  

EL EXTRANJERO
Su aparición en la familia carcelaria es intermitente, cumple una función de inquilino por no estar en la lista oficial que designa a los miembros de cada estancia. Se le permite vivir y dormir ahí a propuesta de algún miembro de mayor rango o de la madre y por acuerdo de la mayoría. Ello implica responder por él por lo que pueda pasar.
Su condición de extranjería está relacionada con su capacidad económica, a razón de los gastos que implica pagar a los custodios por ese privilegio.
Debe pagar su extranjería,  aportar con los gastos del cantón y convivir[13] tanto con la madre como con los miembros del cantón, por lo que debe contar con solvencia económica.
No tiene voz ni voto, no puede emitir opiniones y menos ejecutar acciones en relación al cantón.
El término de extranjero es despectivo, se le considera refugiado a consecuencia de que en su estancia original, lo traen tendo.[14]
Su condición de extranjero no sólo es por problemas en su cantón original, en ocasiones puede ser porque hay mayor afinidad con el cantón donde extranjerea.[15]
La familia carcelaria no es muy diferente a una familia social convencional, jerárquica, antidemocrática, incluso abusiva con los miembros más vulnerables. Pero en un territorio hostil, donde la ley del más fuerte puede ser devastadora, la figura de la madre es fundamental, su papel como mediadora y protectora, si bien le otorga poder y prestigio, posibilita la sobrevivencia de los más débiles. La madre no dudará en negociar o pagar a seguridad y custodia para bajar del camión a cualquiera de sus hijos o pagar una deuda contraída por el más inmaduro e informal de sus hijos, ¿cómo abandonarlo en las manos de los más fuertes? Por supuesto que en circunstancias, la madre ejercerá la fuerza e incluso la violencia como método correctivo o disciplinario. El papel de la madre como mediadora del poder y los excesos del mismo hace posible una mejor convivencia entre los más fuertes y los más débiles en un medio tan desigual como una cárcel de varones. Es probable que no podemos afirmar que estas madres están transformando una realidad patriarcal, pero seguramente, la figura de la madre, aunque sea simbólica, hace esa realidad menos patriarcal y en ese sentido, hay una suerte de resistencia a que el orden jerárquico masculino, del padre, sea quién organice la familia carcelaria. Al ser la madre, el centro mediador de dicha organización, el continnum materno reproduce el orden simbólico de la madre.

BIBLIOGRAFIA
Beauvoir, S. (2005), El segundo sexo. Madrid, Cátedra.
Butler, J. (2001), El Género en Disputa, México: Paidós.
De Lauretis, T. (1991), “Problemas, conceptos y contextos”, trad. Gloria Bernal, en El género como perspectiva, México: UNAM.
Bertran, Marta; Rivera,  M. y otras (2000), De dos en dos. Las prácticas de creación y recreación de la vida y la convivencia humana. Madrid: horas y HORAS.
Gamson, J. (s/f), Los movimientos basados en la identidad, deben autodestruirse? Un dilema queer, Universidad Yale. Documento facilitado por el Centro de Documentación LGBTT “Escrita en el cuerpo”, Buenos Aires. 
González M. (s/f) El orden simbólico de la madre en las Cartas de Estefania de Requesens. Artículo en línea disponible en  http://www.ub.edu/duoda/diferencia/html/es/secundario3.html
Guisado, M. (1987), Cartes íntimes d’una dama catalana del s. XVI. Epistolari a la seva mare la comtessa de Palamós. Barcelona: La Sal.
Irigaray, L. (1985), El cuerpo a cuerpo con la madre. El otro género de la naturaleza. Otro modo de sentir, Barcelona: la Sal.
Muraro, L. (1994), El orden simbólico de la madre. Madrid: horas y HORAS.
Rivera M. (1994), Nombrar el mundo en femenino. Barcelona: Icaria Editorial.
Rivera M. (2005), La diferencia sexual en la historia, Valencia: Universitat de València Artículo en línea disponible en:
Rubin, G. (1984), “Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad”, en Placer y Peligro. Explorando la sexualidad femenina (selección de textos). Hablan las mujeres, Nueva York: Routledge & Kegan Paul.
Sendón de León, V. (2002), Marcar las diferencias. Discursos feministas ante un nuevo siglo, Barcelona: Icaria.
Weeks, J. (1994), “La sexualidad e historia”, en Antología de la Sexualidad humana, México, CONAPO.



[1] Que busca seguridad y amparo en otra estancia a consecuencia de su mala relación con los compañeros de su estancia original.
[2] Favor que ayuda al necesitado a salir de un problema.
[3] Comida que el CERESOVA ofrece a los reclusos.
[4] Salvar de un problema a alguien, cubrir sus deudas económicas o solucionar conflictos suscitados por la difícil convivencia.
[5] Pago o soborno a algún custodio por haber inflingido el reglamento (armas, droga, riña o conducta).
[6] Realizar la limpieza y las actividades domésticas.
[7] Hacerse responsable voluntariamente, sin ser el autor de la falta.
[8] Sanción impuesta por el Consejo Técnico Interdisciplinario consistente en 15 días de aislamiento en una estancia apartada de la población general.
[9] Persona que tiene bajo sus órdenes o trabajando para él, algún chavo o chavos con algún tipo de genere en efectivo o especie.
[10] El que roba aprovechando la confianza que se le brinda, por lo que es considerado un traidor.
[11] Hacerse responsable voluntariamente de algo que amerite sanción, sin ser el autor de la falta.
[12] Buscar bajar las tensiones producto del encierro a costa del sufrimiento, ridiculización o tortura de un monstruo.
[13] Invitar comida, dinero, droga o hacer regalos de dinero u objetos.
[14] Recibe hostigamiento hasta el límite de su tolerancia.
[15] Cuota que cobran los custodios por vivir en una estancia que no le corresponde al interno.
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