lunes, 29 de abril de 2013

Ética y feminismo en la educación, una visión desde la sujetivación de las mujeres




Francesca Gargallo es una escritora feminista que ha estudiado filosofía y cree en el diálogo entre mujeres para que la vida de las mujeres tenga visibilidad, derechos y placer de ser. A eso, al reconocerse portadora con el propio cuerpo de mujer de múltiples formas de aprehender el mundo y al afirmar que la fuerza no viste ropajes masculinos y que el hombre no es el paradigma de la humanidad, le llama feminismo.

En filosofía se ha dedicado a la historia de las ideas, en particular las ideas feministas y las ideas latinoamericanas. Sus libros sobre el tema son: Ideas Feministas Latinoamericanas (2004 y 2006) y, más reciente, Feminismos desde Abya Yala (2012), fruto de un largo intento de diálogos cruzados con intelectuales y activistas de diversos pueblos y nacionalidades originarias de Nuestra América.

La historia de las ideas feministas le ha revelado la importancia de la ética en las actuaciones feministas, así como la vocación educativa del feminismo como teoría de la convivencia.

No obstante, es como escritora -escritora y no novelista, escritora y no poeta, escritora y no filósofa, ya que una escritora escribe: desde el diario hasta un ensayo, desde un poema hasta una novela- que Francesca Gargallo construye su propuesta de liberación de la expresión feminista. Entre sus novelas, prefiere: La decisión del capitán y Marcha seca, aunque la que el público prefiere es Estar en el mundo. Su cuento infantil preferido es La coyota risueña y loca, aunque el más vendido sea El ruido de la música. Desde 2003, ha escrito cuatro novelas inéditas y un poemario que va creciendo al paso del tiempo. En prensa tiene una memoria de los dos años de trabajo de las compañeras y compañeros de Bordando por la Paz, que probablemente saldrá en Guadalajara en unos meses.

La siguiente conferencia magistral fue organizada por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, el Departamento de Humanidades, la Universidad Pedagógica Nacional-Ciudad Juárez y el Círculo de Estudios de Género, A.C., y fue presentada en el Instituto de Ciencias Sociales y Administración (ICSA) de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, el 29 de abril de 2013.


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Ética y feminismo en la educación, una visión desde la sujetivación de las mujeres

Francesca Gargallo Celentani
Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, Chihuahua, 29 de abril de 2013


Como feminista, como escritora que ha intentado interesar con sus cuentos a niñas y niños, como profesora universitaria y como filósofa que se dedica a entender la historicidad y compromiso político vital del pensamiento latinoamericano y feminista, me he sentido siempre muy honrada del diálogo con las y los pedagogas/os y maestras/os.
La práctica de la enseñanza, que en términos de Paulo Freire coincide con la construcción de una relación de enseñanza-aprendizaje, no resulta convincente sin una conciencia del propio trabajo. En efecto, Freire sostenía básicamente que enseñar no es transferir conocimientos, sino crear las condiciones para su producción, lo cual me permite derivar que la conciencia del trabajo docente es, inevitablemente, el presupuesto para una acción ética y política. Implica el reconocimiento personal de la importancia de la construcción de una relación social, que se da entre miembros de una misma sociedad –maestras/os y alumnas/os- y puede cimentar vínculos no jerárquicos en la transmisión de saberes distintos. Desde esta conciencia, el trabajo docente dispone el contexto de posibilidad para que las personas se sientan parte de la sociedad a la que pertenecen y que actúen sin nunca perderla de vista.
Ahora bien, la conciencia del trabajo docente tiene un vínculo profundo con las teorías que sostienen la importancia de la educación.
Hoy me doy cuenta que no fue casual que Graciela Hierro, quien fue mi maestra, es decir mi formadora y sostenedora en los inicios del trabajo de investigación feminista latinoamericana, fuera una filósofa feminista que enseñaba ética y filosofía de la educación. Sus reflexiones sobre la “domesticación” de las mexicanas como forma histórica de educación a la sumisión las he visto reproducirse y diversificarse en acciones políticas, laborales y educativas de muy diversos sectores de mujeres. La domesticación no libera, sino constriñe, por lo tanto encarna el contrario de la educación; es una acción antiética de control contra la que se vuelve perentoria una revolución de la vida cotidiana. Des-domesticarse es educarse revirtiendo la idea que la cultura masculina es natural y universal, lo cual no puede ser una práctica aislada, sino colectiva, donde todas las mujeres aporten los saberes que confluyen en la teoría feminista.[1]
Fue en 1989 cuando publicó los resultados del proceso de enseñanza-aprendizaje que construyeron el saber del lugar de la ética en la vida laboral de las mujeres. El trabajo docente principal lo había llevado a cabo en grupos de reflexión con enfermeras, mujeres que construían desde sus planteamientos de justicia de género, como ciertos trabajos se vuelven femeninos porque quien los realiza asume el lugar de sumisa y abnegada dadora de vida y salud. Las enfermeras habían sido y ya no eran gracias a la relación de enseñanza-aprendizaje con Graciela Hierro trabajadoras domesticadas para no reconocerse como poseedoras de derechos sino sólo como ofrecedoras de servicios.
Práctica, esta idea se dedujo de la relación educativa; analítica, esta idea sirvió y sirve para identificar procesos de liberación. La he visto germinar en las reflexiones de otros grupos que aprendieron del primero, por ejemplo en el Colectivo de Mujeres Indígenas Trabajadoras del Hogar (COLMITH), desde que empezaron a cuestionar que su trabajo fuera llamado trabajo doméstico, rechazando que el trabajo de la casa de un/a patron/a amoldara la sumisión del pensamiento y la acción de las trabajadoras. Desde 1995, las mujeres del COLMITH actúan políticamente en la defensa y promoción de sus derechos culturales, laborales y humanos, fortaleciendo identidades personales y colectivas como integrantes de naciones indígenas. En el ir y venir entre lo público y lo privado donde se realiza el trabajo del hogar, la idea que la des-domesticación es una tarea de liberación de las mujeres implicó el reconocimiento de la propia identidad de trabajadora y desechó la construcción impuesta de la trabajadora doméstica como amorosa sumisa que realiza un trabajo que en su casa realizaría sin ninguna paga porque es propio, inherente, al ser mujer.[2]
 La idea de que la ética feminista es una ética utilitaria que postula, como criterio de juicio moral, la utilidad social de la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres,[3] de Graciela Hierro, redundó en la construcción de un trabajo docente con conciencia de su potencial liberador y fructificó en las prácticas políticas de las mujeres que con ella realizaron la relación de enseñanza-aprendizaje.
Recuerdo que en 2001, regresando de Panamá, donde Graciela Hierro y yo habíamos sido invitadas por otra de sus alumnas, la filósofa Urania Ungo, para hablar del feminismo latinoamericano en la Universidad Nacional, publiqué un artículo que titulé precisamente “Ética feminista o de la militancia en la educación”.[4] Escribí entonces que después de tres días de intenso trabajo, decidimos ir a la playa. Nos acompañaban dos niñas de siete años, mi hija y la de Urania, que pronto empezaron a llamar a nuestra maestra “Tata”: la madre-abuela universal. Tata las acompañaba a la playa, las consentía con mil pequeños detalles y, al finalizar el primer día de vacaciones, nos dijo: “esto es ser feminista: enseñar a otra mujer cómo reconocer cuando es feliz”.
La ética de la felicidad de ninguna manera es frívola; de hecho felicidad y buena vida, relación no agresiva con las otras y afirmación de los propios derechos, placer y acción para que todas alcancen la liberación son, a la vez, fines y prácticas éticas del feminismo.
Hoy, por el clima ideológico construido durante años por un neoliberalismo económico con derivaciones teóricas de banalización de las acciones colectivas y desconocimiento del derecho a la protesta ante las injusticias del sistema, muchas veces parecería que hay una especie de exaltación de la ética en detrimento de la política. Desde la filosofía de la educación, así como desde la teoría feminista, sabemos que todas las pedagogías se nutren de ambas filosofías prácticas; más aún que éstas les son imprescindibles. No hay transmisión de los saberes que no responda a una finalidad política (aunque sea la taimada voluntad de los órganos de poder nacionales y transnacionales de construir ciudadanos para el trabajo, obedientes y acríticos, sin capacidad de reconocerse en una individualidad autónoma), así como no hay proceso de formación consciente en una relación de enseñanza-aprendizaje que no tienda a la liberación ética de la domesticación de las personas.
En el Seminario Permanente de Feminismos Nuestroamericanos, que semestre tras semestre cambia de nombre oficial para mantenerse vigente en la Maestría de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y es coordinado por mí o por Mariana Berlanga o por Norma Mogrovejo o por Karina Ochoa, en diversas ocasiones hemos leído desde una perspectiva ética crítica tanto las noticias relativas a las vidas (y las muertes) de las mujeres como aquellas relativas a la aplicación de la ley y la lectura misógina, profundamente antifemenina, de lo que sería un principio aparentemente justo, el de la igualdad de todas y todos ante la ley.
Hace unos días nos estremeció que en Guatemala se pudiera suspender el primer juicio que se haya realizado en América por genocidio y delitos contra los deberes de humanidad a un mandatario, después de haber escuchado los estremecedores relatos de las diez mujeres del pueblo Ixil que se atrevieron a testificar los que vivieron en carne propia hace tres décadas, cuando tenían entre 11 y 30 años. Esos testimonios nos confirmaron lo que ya habíamos analizado desde la crítica a las normas estudiadas, es decir que la violación es un instrumento de guerra que utiliza la tortura sexual y afectiva, el acoso, la amenaza y la muerte para desaparecer la seguridad y la felicidad de las mujeres en sus comunidades.
Por supuesto, en el salón de clases de la UACM, nuestra experiencia diaria como mujeres que vivimos en México y el conocimiento de la actualidad mexicana nos pone muy sensibles a la lectura de la realidad genocida del pasado guatemalteco. Así como al análisis del genocidio que ocurrió durante la supuesta guerra contra el terrorismo que se llevó a cabo en Perú, hace veinte años, cuando con el pretexto de la lucha contra Sendero Luminoso, setenta mil personas, la abrumadora mayoría de ellas con nombres y apellidos en lenguas originarias, fueron asesinadas por cualquier agente aprovechando el caos que una declaración de guerra no oficial promueve. El símil entre la guerra al terrorismo de Fujimori y la guerra al narco de Calderón es demasiado evidente. Soldados, policías, cuerpos de autodefensa intervienen en estas guerras para incrementar la impunidad ante la sucesión sin fin de delitos que se minimizan o convierten en pruebas de culpa. Durante estas guerras estar muerta/o equivale a tener alguna responsabilidad con la propia muerte y denunciar un asesinato, una violación, una desaparición o los signos de tortura en el cuerpo de un familiar convierte a la persona que los evidencia y los prueba en sospechosa de ser una delincuente. La vuelve una “enemiga”, es decir el ser al que se le declara la guerra y que la guerra persigue. En pocas palabras, no hay guerra sin enemigo que la justifique.
En el seminario ponemos en práctica el pensar en voz alta y nos preguntamos desde el estudio de los derechos humanos de las mujeres qué es construir al colectivo de las mujeres en enemigas. Una pregunta sobre la que volvemos constantemente es si somos consideradas y construidas como enemigas por todos los hombres o sólo por los hombres y mujeres que manejan poderes económicos, de estado y fácticos, como los delincuentes organizados, los legisladores, el ejecutivo, los medios de comunicación y quiénes están al frente del poder judicial. Entonces nos interrogamos: ¿son los hombres los que constituyen el sistema patriarcal o el sistema patriarcal ha sido generado y se sostiene en el poder de los hombres (por supuesto, de algunos hombres, lo que incluye en ocasiones limitadas muy pocas mujeres), el “poder” que se reproduce constantemente a sí mismo como justificador del uso de la fuerza, la economía y la ley, el poder que construye el silencio alrededor de la vida y la historia de las más amplias mayorías?
En Guatemala, la jueza Jazmín Barrios ha sido un ejemplo de rectitud y sensibilidad durante el juicio por genocidio contra Ríos Montt, sin embargo todas las personas que lo están siguiendo están sorprendidas de su extra-ordinariedad, es decir de su ser fuera de lo común: firme, conocedora de los derechos de los imputados y de los y las denunciantes y testigas, imparcial, todas características que deberían ser propias de cualquier juez.
Vivimos un grave problema ético y político ahí donde la ciudadanía no cree en la imparcialidad y credibilidad de las personas que encarnan la administración e impartición de la justicia. Y es un hecho que las mujeres tendemos a no creer que la ley nos hará justicia.
Vivimos un problema ético en la construcción misma del sujeto mujer -sujeto que es siempre individual y político a la vez, ya que se construye en relación con la propia autonomía y con la sociedad- porque esta construcción adquiere un sesgo de vulnerabilidad en los países donde la impartición de justicia es cuestionada.
Ser mujer es peligroso en México. Es una información que se recaba de las experiencias que ni siquiera se nombran, que son cotidianas, “culturales” dirían algunos, y que adquieren sentido en los datos que arrojan ciertas encuestas. Por ejemplo aquella del Instituto Nacional de Estadística y Geográfia (INEGI) que revela que 46 de cada 100 mujeres mayores de 15 años han sufrido violencia física, patrimonial, económica, sexual, sicológica y hasta de muerte en el ámbito familiar,[5] porcentaje que sube al 6% si se toman en consideración también los ámbitos escolar, laboral y en los servicios públicos o la calle;  y aquella otra que indica que el 27% de las mujeres que fueron esterilizadas en centros de salud públicos no fueron consultadas acerca de si querían serlo.[6]
Ser mujer es peligroso en México, lo dicen la Universidad Nacional y la Secretaría de Gobernación, la policía y los defensores de derechos humanos: el maltrato se ha disparado en la última década al punto que la violencia contra las mujeres creció en un 400 por ciento. Un análisis realizado por el Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (Conavim), documentó que las mexicanas son  víctimas de homicidios cada vez más crueles.  El asesinato  de mujeres por arma de fuego y explosivos aumentó del 2.8% al 23.8% entre 2001 y 2010, mientras los homicidios por golpes aumentaron del 8.2% al 18.7%. Igual ocurrió con los crímenes por ahorcamiento, estrangulación y ahogamiento que ascendieron del 9% al 12.5%.[7]
Ahora bien, estos datos ustedes los conocen perfectamente, es gracias a las denuncias de las mujeres de Chihuahua que en México hace 20 años entendimos la guerra que se lleva a cabo contra las mujeres para facilitar la comisión de otros delitos, como los de trata, esclavitud, pornografía y lenocinio. Es porque aquí en Ciudad Juárez las mujeres se organizaron para denunciarlo que se ha llegado a tipificar el delito de feminicidio, en toda su amplitud, y hoy sabemos que es un delito grave que goza de casi impunidad. En realidad, las instituciones que nos presentan estos datos sistematizados se han tardado enormemente en hacerlo y han dejado afuera muchas formas de violencia que ni siquiera son capaces de ver porque no escuchan a las mujeres, ya que no las quieren ver en su colectividad herida.[8] No interactúan aprendiendo de ellas.
Si me lo permiten, quiero enunciar qué nos significa a las mujeres que las instituciones de enseñanza y de gobierno nos ratifiquen lo que hemos descubierto solas y hemos analizado en el colectivo de mujeres al vernos expuestas a la violencia. Creo que tiene implicaciones éticas profundas para nuestra acción de organización social libre y nuestros derechos a la buena vida.
Que ser mujer es peligroso en México es un dato que debemos analizar políticamente, no sólo para la denuncia de sus consecuencias sobre los cuerpos de las mujeres, cuerpos que somos, que nos conforman, forman y mueven, sino también para entender qué significa saberlo en la construcción del sujeto mujer, el sujeto que lleva nuestro cuerpo.
Un sujeto es una imagen, es cómo nos vemos; un sujeto es un proyecto, es lo que queremos hacer; un sujeto goza de la capacidad de movimiento para desplazarse hacia otros sujetos y construir un sujeto colectivo, por ejemplo el sujeto político “las mujeres”. Sin el sujeto políticos las mujeres no tendríamos praxis feminista, quedándose las ideas del derecho a una buena vida, eso es a una vida ética, sin culpas ni castigos colectivos, en la pura teoría.
Las mujeres de Chihuahua, Michoacán, Distrito Federal, Oaxaca, Chiapas, Sinaloa, Durango, Guerrero y Sonora, y de los demás estados, incorporan a su sujetivación –eso es, permítanme repetirlo, al hacerse sujetos desde el autorreconocimiento de sí mismas como individuas dotadas de autonomía y conciencia que interactúan con otros sujetos en la construcción de diversas formas de colectividad- que el peligro de ser mujeres es constitutivo de su vida, precisamente porque son mujeres.
Su cuerpo, nuestro cuerpo, el cuerpo que somos la mitad de la población mundial y que se diferencia entre una mujer y otra por motivos de constitución, accidentes, clima, rasgos fenotípicos, alimentación, es asimilado al cuerpo de quien es violable, agredible, desposeible del derecho a la defensa. La agresión del sistema patriarcal nos hace portadoras de una alteridad que asumimos porque es la marca de la inseguridad en la que crecemos. Somos las enemigas que no deben defenderse.
Nuestra sujetivación, por lo tanto, se constuye de otra manera del sujeto de derecho que nunca se ha sentido igual a otros hombres sino porque es un cuerpo con acceso a la violencia contra el cuerpo que las mujeres somos.
Sujetivarse como receptoras de la violencia en un espacio político no puede equivaler a sujetivarse como libres de la sumisión a la violencia. No digo como agresores, no creo que todos los hombres sean agresores, pero sí que se construyen como activos participes de su propia violencia, no como receptores de la misma. Los hombres juegan violentamente, se golpean, se retan, se matan en una interrelación de sujetos activos que piensan la ley, la organización social, las reglas económicas como derivaciones propias de su sujetivación; las mujeres, por el contrario, desde la infancia nos encontramos en tensión entre defendernos y liberarnos de ellos porque no sabemos en qué momento pueden empezar a violentarnos.
No todas las mujeres desde niñas construyen sus acciones desde la sumisión que implica buscar protección, pero todas las que hoy tienen un juego social público han tenido que desafiar la realidad conocida con acciones que rayan en la inconsciencia (entendida como exposición al peligro). ¿Dónde se sitúa entonces la mujer libre del miedo y de la urgencia de confrontarlo? ¿Dónde está el sujeto que sale a la calle portador de derechos a la buena vida e igual al sujeto que se construye desde la masculinidad violenta, que modela la figura de los soldados?
La contestación a estos cuestionamientos, que son los únicos que pueden aportar respuestas éticas a la cultura misógina del patriarcado, desapareciéndolo en otras formas de relación social, sólo vamos a empezar a generarla cuando ampliemos nuestras prácticas de pensamiento en voz alta. En las escuelas, desde el nivel primario, en los tribunales, en la interpelación de abogadas y juezas formadas en el sistema jurídico de los sujetos masculinos, en las organizaciones barriales que descansan en el trabajo de las madres, tenemos que deshacernos de las culpas que el patriarcado ha endilgado a las mujeres. Las mujeres no tenemos responsabilidad en relación con la violencia que podemos generar en el colectivo masculino sólo porque somos mujeres. Saberlo implica una posición ética que nos permitirá construir de otra forma nuestra sujetividad política; pero para saberlo las mujeres nos lo debemos decir en voz alta para contravenir todas las enseñanzas que promueven la sumisión femenina.
Es muy importante saber que no podemos aceptar ninguna forma cultural existente sin cuestionarla en busca de su adecuación a la buena vida de las mujeres y, por ende, de las otras mayorías invisibilizadas. Por ejemplo, preguntémonos en voz alta si es posible entender desde la ética –como sistema de significación de las prácticas de búsqueda y construcción de buena vida- que las mujeres no podemos defendernos de la violencia so pena de ser enjuiciadas como violentas. La perversidad de este planteamiento estriba en que la supuesta imparcialidad y autonomía de que goza el poder judicial, que según Montesquieu debería garantizar la libertad del ciudadano, no nos atañe a las mujeres, ni siquiera cuando la mayoría de los gobiernos del mundo nos reconozcan como ciudadanas con derechos y obligaciones iguales a los hombres.
Cuestionemos al arte cuando nos objetiviza, la representación del cuerpo femenino como objeto privado de sujetividad, la repetición estética de estereotipos de sumisión considerados culturales. Cuestionemos a los juzgados que, como lo hicieron hace poco en Argentina contra las hermanas Aylén y Marina Jara, condenan a las mujeres que se defienden de sus agresores sexuales, aunque éstos las hayan acosado con anterioridad. Pensemos en qué significa que una jueza condene por intento de homicidio premeditado a dos muchachas que repelieron una violación con un arma improvisada de uso común (un cuchillo). El caso de las hermanas Ailén y Marina Jara nos permite preguntarnos cuándo y porqué dos mujeres jóvenes y pobres pasan de víctimas a victimarias. ¿Acaso es por la mirada sexista y discriminatoria de un aparato policial/judicial que naturaliza e invisibiliza la violencia de género y devalúa las voces femeninas que se animan a defenderse de la opresión masculina?
Para volver al inicio de esta reflexión, creo que a las mujeres nuestra sujetivación nos ofrece la alteridad suficiente con el sistema para cuestionarlo en beneficios de toda la humanidad. Nos lleva, por ejemplo, a co-sentir desde la inmediatez de la similitud entre hechos distantes el relato de mujeres violadas masivamente por soldados y paramilitares. La primera de las diez mujeres que en Guatemala testificó dijo ante el Tribunal de Sentencia de Mayor Riesgo que “a mi hija la tuvieron entre cuatro. Lo que hicieron fue que la violaron, sí los cuatro, cuando vieron que llegué huyeron. Fueron los soldados”.  Las violaciones tumultuarias, lo sabemos bien por los testimonios recogidos en Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Veracruz, Michoacán, se incrementan ahí donde la presencia de los militares, en lugar de defender la vida de las personas de los grupos delictivos que dicen perseguir, dirige hacia las mujeres sus intenciones de control social, brutalizando así a poblaciones que son acosadas también por otros agentes de la violencia, como el hambre, el desempleo, la criminalización de la defensa del territorio, la falta de acceso a los servicios públicos, a la escuela y la justicia.
Las violaciones no tienen nada que ver ni con la sexualidad ni con el deseo, son una forma de tortura que redunda  en la sumisión del cuerpo de las mujeres como sistema de domesticación. Hoy se denuncia mucho más que con anterioridad pero no se detiene, se normaliza o se convierte en un expediente, mediante un juego perverso del poder judicial que mediante sus juzgados y tribunales recoge las historias de las violaciones, las torturas, los golpes, las amenazas, los asesinatos de cantidades siempre mayores de mujeres y con siempre mayor violencia, pero las mantiene sin salida, en la impunidad. Desde este saber que también nos sujetiviza como mujeres, ética y políticamente tenemos la capacidad de afirmar la urgencia de la desmilitarización del mundo.
Igualmente, desde la camisa de fuerza en la que nos encierra una violencia de la que si nos defendemos nos convierte en culpables, podemos cuestionar al sistema de justicia que no nos cree cuando hablamos, ese poder judicial que minoriza nuestras denuncias. Es ético para las mujeres cuestionar el encarcelamiento de las mujeres que abortan y la estigmatización de las trabajadoras sexuales tanto como revelar que la policía y  ciertos jueces y juezas prefieren estigmatizar a las mujeres antes que creerles y no investigan en profundidad su versión de los hechos.  En el caso de las hermanas Jara, que tomo como ejemplo de muchos otros semejantes, cuando alegaron que se defendieron de Juan Leguizamón porque las acosaba hacía tiempo y tenían miedo de su violencia ya que andaba armado por su barrio, el Tribunal en lo Criminal número 2 de Mercedes, en Argentina, no tuvo en cuenta la historia de agresiones que relataron porque no estuvo en sus primeras declaraciones. ¿El hecho de que hayan optado por contarla más tarde la convierte en una versión menos creíble? Por supuesto que no, el sistema judicial que el pensamiento sobre cómo alcanzar una buena vida debe cuestionar porque la impide, ese orden judicial lanzó un manto de sospechas sobre la voz de las dos mujeres porque eran mujeres. Y de paso lo hizo sobre las organizaciones de derechos humanos y de mujeres que las acompañaban, como si las hubiesen ayudado a inventarse una historia de violencia de género, que todas las mujeres sabemos que es cierta por la experiencia cotidiana que tenemos de ella, para mejorar su situación procesal.
En fin, para regresar a la idea que educar es aprender y construir en diálogo nuestros saberes, propongo que las mujeres que queremos revisar nuestra sujetivación domesticada podamos liberarnos durante un proceso de enseñanza-aprendizaje continuo entre nosotras. Para ello es importante abrir las aulas de las escuelas y universidades públicas a toda la ciudadanía, tanto como encontrándonos en espacios autónomos, en pequeños grupos con intereses afines, para que sea un hecho diario que ser feminista implique enseñarle a otra mujer a reconocer cuándo es feliz. En el juego como en la construcción de una vida libre de violencia.

[1] Graciela Hierro Perezcastro, De la domesticación a la educación de las mexicanas, Torres, México, 1989
[2] Cfr. COLMITH, Primer encuentro nacional de trabajadoras del hogar. Memoria. ¡Nuestro trabajo es tan valioso como el tuyo!, Secretaría de Cultura del DF/CONACULTA, México, agosto de 2012 y Empleadas del Hogar Indígenas, Nuestros derechos, Asamblea de Migrantes Indígenas de la Ciudad de México/UACM, México, 2010
[3] Hierro, Ética y feminismo, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1985.
[5] INEGI, Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2011, http://www.inegi.org.mx/est/contenidos/proyectos/encuestas/hogares/especiales/endireh/default.aspx
[7] Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, Estudio nacional sobre las fuentes, orígenes y factores que producen y reproducen la violencia contra las mujeres, Roberto Castro y Florinda Riquer (coordinadores), 2012, http://www.conavim.gob.mx/work/models/CONAVIM/Resource/103/1/images/1PresentacionResultadosEstudioNacionalsobrelasFuentesOrigenes.pdf
[8] Por supuesto no ver, no escuchar, no recuperar las voces de una población que abarca a la mitad de la población nacional es un ejercicio de exclusión de la nación misma, que construye a las mujeres como un sector sin visibilidad propia. Cr. Rita Laura Segato, La nación y sus otros: Raza, Etnicidad y Diversidad Religiosa en Tiempos de Políticas de la Identidad, Prometeo Editorial, Buenos Aires, 2007.

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Enlace relacionado:
"La ética desde la perspectiva feminista y la intervención educativa", de  Francesca Gargallo Celentani, conferencia presentada en la Universidad Pedagógica Nacional - Unidad Ciudad Juárez, Chihuahua, el 30 de abril de 2013,  http://seminariodefeminismonuestroamericano.blogspot.mx/2013/05/la-etica-desde-la-perspectiva-feminista.html