sábado, 27 de febrero de 2016

LA FEMINEIDAD, CONSTRUCCION PERVERSA DE LA MASCULINIDAD

LA FEMINEIDAD, CONSTRUCCION PERVERSA DE LA MASCULINIDAD[1]
Norma Mogrovejo
Resumen
La generización de la identidad masculina o femenina es parte del dispositivo de regulación del poder y que posiciona a uno de los cuerpos e identidades al servicio del otro, así la feminidad, es construida desde la masculinidad para su servicio y dominio. La masculinidad en alianza con el sistema capitalista y los medios de comunicación, a través de la moda imponen la simbólica de lo femenino, con el objeto de mantener la sujeción de las mujeres.
La reflexión feminista permitió desentrañar el sentido político de la diferencia sexual entre hombres y mujeres, y desarrollar instrumentos de análisis que posibiliten una visión crítica de las construcciones culturales, sin embargo las feministas en la práctica, reproducen los dispositivos binarios y la feminidad como modelo de dominación sigue intacta.

The genderization of masculine and feminine identity a regulatory power mechanism that places one of these bodies or identities at the service of another.  Thus, masculinity constructs femininity for service and domination.  Masculinity, in alliance with the capitalist system and communications media, employs fashion to erect a symbolism of the feminine to maintain women under subjection.  

Feminist thought allows us to entangle the political meaning of sexual differences between men and women, and to develop analytical tools to develop a critical vision of cultural constructs.  However, in practice feminists reproduce the binary thinking typical of masculinity, and femininity as a model of male domination continues intact.  

Furthermore, it is absolutely outrageous that women who define themselves as "feminists" continue to wear high heels in the 21st Century.  Therefore, the principal thrust of the lesbo-feminist struggle must be the elimination of high heels not only as a phenomenologically concrete fashion item, but as an ideological accessory of masculinity, in its most anachronistic conceptualization.  

La interpretación masculina de la mujer
A principios de los 70s salió publicado en España el libro de Esther Vilar, El varón domado, uno de los libros más populares y polémicos de la época. El texto de Vilar apuesta al poder de la femineidad como forma de control social que las mujeres tienen sobre los hombres. Mediante estrategias de seducción, la mujer controla al hombre, algo de lo que ellos muchas veces no son conscientes. “El hombre fue entrenado y condicionado por la mujer, para convertirlo en su esclavo. Como compensación es premiado periódicamente con una vagina” afirma Vilar en una entrevista.[2]
La aparición del libro, justo cuando la efervescencia del movimiento feminista hacía eco en Europa y América, y las mujeres cuestionaban el papel decorativo con el que el sistema patriarcal pretendió esconder la opresión y la explotación de su fuerza de trabajo, fue duramente criticado y puso en cuestión el uso de la feminidad, como un dispositivo que pretendía naturalizar su subordinación y en consecuencia el espacio social y político al que esa naturalización la condenaba: el privado. Aún cuando la discusión se inició en los 70s, considero que el feminismo no ha profundizado suficientemente la reflexión, ni la práctica estratégica sobre la femineidad y su función social en un mundo patriarcal. De allí que algunas de las preguntas iniciadas entonces, todavía siguen vigentes:
¿Es la femineidad un producto de la naturaleza de las mujeres?, ¿para qué sirve?, ¿a quién le beneficia?, si fuera una construcción cultural, ¿porqué las feministas no prescinden de ella? ¿Por qué ese dispositivo de control sigue manejando la conducta humana y se reproduce intocable como si su existencia fuera natural?
Con el surgimiento de la segunda ola del feminismo, a principio de los 70s, los grupos de reflexión feminista permitieron desentrañar el sentido político de la diferencia sexual entre hombres y mujeres, y desarrollar instrumentos de análisis que posibiliten una visión crítica de las construcciones culturales. La cultura fue puesta bajo sospecha, sometida a inspección y encontrada culpable de misoginia, heterosexismo, etnocentrismo y clasismo. Leer como mujer, al tiempo que ejercicio metodológico, se convirtió en actividad política de resistencia a la universalización masculina que la cultura patriarcal impuso por siglos. Así, la interpretación feminista se convirtió en un acto de supervivencia y resistencia a los dictados ideológicos androcéntricos.[3]
En 1970, Carla Lonzi publicó “Escupamos sobre Hegel y otros escritos sobre liberación femenina”, señalando que “La imagen femenina con que el hombre ha interpretado a la mujer, es una invención suya, el hombre siempre ha hablado en nombre del género humano, pero la mitad del género humano lo acusa ahora de haber sublimado una mutilación. Consideramos incompleta una historia que se ha construido, siempre, sin considerar a la mujer como sujeto activo de la misma”. Con esto Lonzi define la heterosexualidad como un dogma que considera a las mujeres como complementos “naturales” de los hombres, relación que se sostiene  a través de la reproducción.[4]
Posteriormente, en 1975, aparece el texto The normative status of heterosexuality escrito por el Colectivo de lesbianas feministas Purple September de Amsterdam en el cual se afirma que una de las definiciones implícitas de la feminidad es la heterosexualidad y que el objetivo general del condicionamiento femenino es hacer que las mujeres se perciban a sí mismas y a sus vidas a través de ojos masculinos, lo que da a la heterosexualidad un estatuto normativo.
Si el espacio privado era la razón del confinamiento, para algunas feministas se debía arrebatar de la exclusividad masculina el espacio público y ocuparlo. Sin embargo, para otras, había que transformar algunos aspectos del ámbito privado, uno de esos era la sexualidad. Es así que  las radicales acuñan “lo personal es político”, que sirvió para analizar espacios de la vida privada. Kate Millet plantea que “La estructuración de la sociedad a través de la división sexual, limita las actividades, trabajo, deseos y aspiraciones de las mujeres. El sexo es una categoría de posición social con implicaciones políticas”.[5] Transformar lo privado implica transformar las reglas de la relación entre hombres y mujeres y en consecuencia los roles femenino y masculino, lo que a su vez trastocaría profundamente las bases de la política que se estructura en términos de dominio y subordinación entre los sexos.[6]
La definición de la categoría sexo/género de Rubin como “el conjunto de dispositivos por medio de los cuales una sociedad transforma la sexualidad biológica en un producto de la actividad humana” permitió separar las construcciones culturales como femineidad y masculinidad conceptualizadas como género, de la biología. La oposición hombres y mujeres, “lejos de ser una expresión de las diferencias naturales, “exige en los hombres la represión de todos los rasgos localmente definidos como ‘femeninos’ y, en las mujeres, de los rasgos localmente definidos como ‘masculinos’”, con la finalidad de oponer unos a otros. Según Rubin, en todas las sociedades la personalidad individual y los atributos sexuales “se generizan”, vale decir, la cultura los obliga a adecuarse a la “camisa de fuerza del género”. Estos sistemas sexo/género “no son emanaciones ahistóricas de la mente humana” sino productos de la actividad humana, que es histórica y en consecuencia, responden a intereses políticos.[7]
Para Wittig, masculino/femenino, varón/mujer son categorías que ocultan las diferencias que se crean dentro de un orden económico, político, ideológico. Todo sistema de dominación establece  divisiones al nivel material que favorecen a un grupo y desfavorecen al resto. Lo mismo ocurre con el sexo: es la opresión de las mujeres por los hombres la que crea el sexo, y no al contrario; creer que el sexo es la causa de la opresión implica creer que el sexo es algo que preexiste a lo social. "Sexo" es una categoría política totalitaria que funda la sociedad como heterosexual; con sus propias instituciones, su propio sistema de leyes, su propia policía. Conforma el cuerpo y la mente, hasta el punto de que no podemos pensar fuera de ella. Los seres humanos somos forzados a que nuestro cuerpo y nuestra mente se correspondan, rasgo a rasgo, a la idea de "naturaleza", a la idea de sexo y de género. Ocurre lo mismo que con la raza: ésta, igual que el sexo, es considerado un dato sensorial, una serie de rasgos o características físicas que pertenecen al orden de lo natural. Pero lo que creemos que es una percepción física y directa es sólo una construcción sofisticada y mítica, una "formación imaginaria" que reinterpreta los rasgos físicos (en sí mismo tan neutrales como cualesquiera otros pero marcados con significados específicos por el sistema social) en función y a través del entramado de relaciones por las que son percibidos.[8]
Julieta Paredes y Espinoza hablan de la importancia de reconocer los intereses a los que responde la división genérica y racial, [9] y la normatividad que ello implica en la regulación de los cuerpos a favor de un grupo y detrimento del otro y que implica el hecho práctico de que una persona  por sus características físicas de hembra (vulva, vagina, senos y capacidad reproductora) es socialmente reconocida y construida como mujer; o de piel (oscura), y en consecuencia vive una realidad diferente sin los privilegios y prerrogativas sociales, económicas, ideológicas y por tanto políticas de quienes son reconocidos y construidos como hombres y blancos. [10]
De esta manera, la modelación del cuerpo sexuado, es decir la generización en una identidad masculina o femenina, es parte del dispositivo de regulación ejercida desde ámbitos de poder y que posiciona a uno de los cuerpos e identidades al servicio del otro.
La construcción de esa diferencia sexual aparentemente irreconciliable en base a supuestas características biológicas marca el género, así la feminidad, es construida desde la masculinidad para su servicio y dominio. De ahí que exista una suerte de coacción en hacer corresponder cuerpo y mente a la idea de "naturaleza" y que justifica y refuerza la heterosexualidad como única forma de relación natural y complementaria entre hombres y mujeres.
Pisano plantea que la reducción de la sexualidad al espacio reproductivo es fundamental para declarar al cuerpo como objeto para ser dominado. El hombre concebido como superior, domina su cuerpo, crea, piensa, organiza y elabora valores, lo que se define como masculino y traduce a su cuerpo el lugar de entrenamiento y desarrollo para el dominio. El cuerpo mujer, por su función reproductora, reducido a sujeto instintivo y/o a objeto de placer, está anulado como sujeto pensante, supeditado al dominio. Estos son algunos de los signos con que se construyen las ideas de feminidad y donde la mujer pierde automáticamente la autonomía e independencia, para formar parte de una masculinidad que piensa y diseña nuestra subordinación.
Los modelos eróticos con que somos socializadas van construyendo y reconstruyendo la simbólica de lo femenino desde los poderes culturales, que son reforzados permanentemente por la iconografía de los medios de comunicación y de grupos culturales que, aunque, aparentemente tengan una posición permisiva o cuestionadora de la sexualidad o de la libertad, en lo medular siguen sosteniendo los viejos valores de la masculinidad. Para cambiar estos valores se requiere necesariamente de un proceso político cultural civilizatorio que cuestione en lo más profundo los viejos estereotipos de la sociedad patriarcal, que sigue totalmente vigente, aunque se haya travestido de una seudo igualdad en esta masculinidad moderna.[11]

Las modas y la modelación de la feminidad
La feminidad no es una forma esencial de ser de las mujeres, sino una construcción interesada. Las mujeres hemos sido diseñadas rasgo a rasgo bajo los intereses de la masculinidad. Un ejemplo claro de ello son las modas, creadas desde el pensamiento masculino para dominar a las mujeres.  
La moda indica un mecanismo regulador de elecciones, son aquellas tendencias repetitivas, ya sea de ropa, accesorios, estilos de vida y maneras de comportarse, que marcan o modifican la conducta de las personas.
Simmel la define como la imitación de un modelo que proporciona satisfacción a la necesidad de apoyo social y conduce al individuo al mismo camino por el que todos transitan.[12] La moda no opera como un fenómeno aislado e independiente de la sociedad en la que se ha gestado y de los cambios socio-culturales producidos. Por el contrario, existe una tendencia hacia la reciprocidad entre las formas de vestir de las personas, los valores culturales y el mundo social. Cada época histórica tendrá como correlato determinados patrones estéticos y usos de indumentarias que expresan una cosmovisión ligada a un tipo de orden social. Es decir, la estética de una época se devela al poner en diálogo los distintos modos de vestir y la vida social.[13] De ahí que la moda debe ser conceptuada como un sistema de instituciones, esto es, una sucesión de prácticas sociales repetidas con regularidad y continuidad, sancionadas y mantenidas por normas sociales, que encuentran su importancia fundamental dentro de la estructura social.[14]
A través del arte y de la creación de indumentaria puede rastrearse el conflicto político a raíz de la transición de los valores de la aristocracia ligados a las Cortes Medievales y al Feudalismo en Europa, contrapuestos a los valores de la naciente burguesía. Elías señala que en la Edad Media surgieron los primeros manuales de etiqueta y de comportamiento social. Las Leyes Suntuarias fueron disposiciones legales cuyo objetivo era regular la diferenciación social basada en la indumentaria y el lujo, prohibía el uso de determinadas ropas, telas y/o colores a todos aquellos que no pertenecieran a las cortes, a la nobleza y/o al clero.[15] Foucault (1989, 2003 [1977]) señaló que en esta etapa, los dispositivos disciplinarios fueron constitutivos de la organización social. En las sociedades disciplinarias   −nacidas en el siglo XVIII y XIX, y encontrando su esplendor en el siglo XX− los sujetos eran regulados mediante dispositivos de encierro que funcionaban como instituciones ordenadoras de lo social. El autor sugirió que los mecanismos de dominación eran asociados a la idea de una sociedad que vigila y castiga a través de sus instituciones. El autor establece una noción histórica sobre la idea de normalidad de los sujetos y sus cuerpos, que actúan en formas de tecnologías del yo (Foucault, 1990). Si bien Foucault jamás relacionó su teoría con la moda y las prácticas del vestir, algunas perspectivas de análisis sostienen que sus planteos sobre el disciplinamiento de los cuerpos también se pueden rastrear y enlazar con la historia de la moda.[16] En el siglo XIX, la figura del corsé femenino ilustra una forma de disciplina y opresión sobre los cuerpos de las mujeres porque el uso de dicha prenda era asociado a cuestiones morales. Las nociones de Foucault en torno al poder, pueden ser relacionadas con las prácticas del vestir para comprender los modos en que los cuerpos adquieren significado a partir de los discursos sociales. La perspectiva de género no está presente en la obra de Foucault, no obstante, algunos trabajos feministas posteriores como los realizados por Judith Butler (1999), han incorporado la noción del poder  foucaultiano para explicar al cuerpo generizado a partir del esquema binario identitario de lo femenino y lo masculino como un constructo de los discursos de la modernidad.[17] En este marco, se considera que la indumentaria cumple un papel esencial puesto que marca y refuerza las fronteras de las identidades de género binarias e inscribe significados culturales sobre los cuerpos. De este modo, se enriquece el análisis a partir de la incorporación de una genealogía de las prácticas del vestir.[18]
Para los historiadores de la moda y el traje, es a partir de la mitad del siglo XIX que la vestimenta incrementó la división entre los mundos e imaginarios femeninos y masculinos. Occidente, en ese momento histórico, recreó a través de la moda dos patrones en las formas de vestir excluyentes entre sí: uno para los hombres y otro para las mujeres. Ambos patrones simbolizaban valores opuestos, por un lado la ropa femenina debía denotar el sentido de la seducción de las mujeres; y por otro lado, dicho sentido tenía que estar ausente en los atuendos masculinos.[19] Los trajes femeninos se tornaron más complejos en cuanto a sus confecciones, las telas y los bordados utilizados. En cambio, los trajes masculinos sufrieron el proceso inverso debido a la simplificación de los modelos que los despojó de casi todo elemento decorativo.[20]
Los valores del puritanismo de la etapa victoriana y los cambios producidos por la Revolución industrial transformaron los comportamientos sociales y las relaciones cotidianas. Desde el Renacimiento hasta mediados del siglo XIX, la historia de la moda evidencia que hombres y mujeres solían vestirse de manera extravagante y lúdica. Nobles y burgueses compitieron por el poder a través de las ropas hasta alrededor de la década de 1830, luego los valores puritanos y los cambios causados por la Revolución Industrial reestructuraron los comportamientos sociales, y también las lógicas del vestir.[21]
Los modos de vestir masculinos fueron transformados en Europa por influencia de los ideales franceses de fraternidad y por la figura estética del dandy inglés como modelo privilegiado. El traje masculino tendía a la uniformidad y a la sobriedad y les permitía connotar rectitud, elegancia, formalismo, limpieza y distinción social, en oposición a la estética de la belleza y la sensualidad que eran considerados atributos exclusivos de lo femenino. El vestuario de los hombres perdió su función ornamental, y privilegió la uniformidad como atributo de decoro y buen vestir, pero especialmente como atributo de masculinidad caracterizados por su acceso a los ámbitos de poder ligados al orden público y económico. La indumentaria masculina, a su vez, pasó a simbolizar la naturalización de la identidad sexual y/o de género en oposición a la identidad femenina, y viceversa3. Esta es la época en que la vestimenta tiene implicancias simbólicas en tanto refuerza una conformación binaria y jerárquica de los géneros donde los elementos decorativos dejaran de formar parte de los atuendos masculinos, y quedaran relegados a lo femenino.
El traje femenino en el siglo XIX, tendió a marcar la silueta y las formas de los cuerpos de las mujeres recuperando el uso del corsé, los miriñaques y los grandes escotes. Se utilizaban adornos variados y en cantidad (por ejemplo, plumas, moños, flores), y a la vez, se combinaban con capas superpuestas de distintas telas, tocados que realzaban los peinados, sombreros, zapatos y botas de tacón, etc. La cintura estrecha, el busto abombado tendiendo hacia delante, efectos producidos por el uso del corsé, la falda con cola ajustada a las caderas, que quedaban desplazadas hacia atrás, los cuellos altos y los adornos que al caminar producen efecto de movimiento, originan en los últimos años del siglo XIX la primera manifestación del Modernismo en el vestido (de Sousa Congosto, 2007, 202).
La indumentaria femenina dio lugar al uso de objetos complementarios en las formas de vestir tales como abanicos, guantes, chales, carteras, aros, etc. La combinación de la ropa con los accesorios, recreó un estereotipo de una estética femenina asociada al adorno y a lo decorativo como rasgo identitario que a primera vista se diferenciaba de lo masculino. Por otra parte, las modas femeninas estaban basadas en el uso de prendas que dificultaban los movimientos corporales de las mujeres. Esto consolidaba el imaginario moderno que las alejó de la fase productiva. Y reificaba la supuesta división entre una esfera pública (asociada a lo masculino) de la otra esfera privada, ligada a lo doméstico como ámbito de la femineidad.
La división sutil de los géneros por medio de las apariencias, también impregnó la puja entre las clases sociales pero con características diferentes. El consumo de moda quedó asociado a las clases que tenían una mejor pertenencia social debido a la posesión de dinero, y la consecuente posibilidad de plasmar en las prácticas del vestir la distinción social. La redistribución del ingreso, el capital y las condiciones laborales eran discusiones que concernían al orden público y que por lo tanto, dejaban de lado a las mujeres. Las primeras reivindicaciones feministas nacieron peleando contra la configuración del orden patriarcal, y denunciando la construcción de la representación de la mujer en tanto objeto erótico ideal y deseo en pos de la mirada masculina (de Beauvoir, 1999 [1949]). Es decir que, a grandes rasgos, el feminismo surgió cuestionando y buscando una posibilidad de negociación de los espacios de poder que relegaban a las mujeres hacia la domesticidad de manera pasiva, y las reducía a frágiles objetos decorativos, o bien, reproductivos.
A su vez, el siglo XIX, fue una etapa de grandes cambios en la historia de la moda. Los ciclos del sistema de la moda comenzaron a acelerarse, entre otros aspectos, debido a la necesidad de la aristocracia y la burguesía (muchos devenidos en nuevos ricos) de distinguirse de las clases populares. El sector social trabajador accedía al consumo de mayores y mejores prendas puesto que eran menos costosas gracias a la producción seriada industrial.
Este incremento en la demanda propició el surgimiento de los grandes almacenes de ropa. Francia seguía siendo el epicentro de la moda femenina, e Inglaterra de la moda masculina. Ambos países marcaron −en este momento− los parámetros estéticos a seguir colectivamente, difundidos en incipientes catálogos de moda que mostraban figurines e ilustraciones de los diseños.
Posteriormente, se consolidaron las revistas de modas con diferentes características y objetivos. Por un lado, se encontraban las publicaciones dirigidas a las mujeres como potenciales consumidoras, y por otro, las dedicadas a las personas vinculadas al rubro textil como profesión (sastres, costureras, etc.).
En este período, la indumentaria no sólo se polarizó acorde a las identidades de género y/o sexuales binarias, y la pertenencia social. Además, las formas del vestir de los niños y niñas se separaron por completo de los atuendos usados por las personas en edad adulta (de Sousa Congosto, 2007).
Con el advenimiento y desarrollo del capitalismo la moda adquiere relevancia; siendo el consumo, uno de los objetivos principales; referida a la  compra y uso de mercancías como hechos sociales, constituye la etapa final del proceso económico. En tal sentido, la moda tiene la función de generar necesidades y satisfacción personal, llegando incluso a forjar procesos de fetichización. Por medio de la mercadotecnia o publicidad, herramientas que fomentan el consumismo, el sistema capitalista al tiempo que promueve la adquisición competitiva como signo de status y prestigio, marca las reglas de comportamiento de los sujetos a través del mandato de la moda.[22]
La moda no es un fenómeno de la modernidad, su función principal está en la modelación de comportamientos, genéricos y de clase. Existen ejemplos muy antiguos de imposición de modelos de vestimenta con el objeto de limitar la movilidad de las mujeres. En el siglo X inició en la China la costumbre de vendar los pies de las niñas desde los cinco años para usar el zapato de loto. Desde entonces las mujeres chinas de todas las clases han experimentado el dolor atroz de atrofiar el crecimiento de sus pies. Se creía que manteniendo a las mujeres físicamente limitadas sería menos probable que alcanzaran independencia mental. Los pies deformados eran sinónimo de belleza y el  entorno juzgaría que una mujer sin pies minúsculos, estaba  desahuciada para contraer matrimonio. La meta del vendaje era juntar los dedos del pie y el talón de modo que el pie pudiera formar un arco, con el propósito de  cambiar la posición del cuerpo, de modo que siempre que caminase una mujer, sus nalgas se movieran para apoyar la parte superior del cuerpo. El efecto es similar a usar zapatos de tacón alto actualmente.
Si bien la moda ha cambiado a lo largo de los años, durante el siglo XIX y principios del XX, la denominada moda de clase, respondió a estándares diferenciados, creados, adoptados y difundidos por las élites, con objeto de fijar posiciones sociales.
La historia de la indumentaria femenina y la moda no son inocentes. Los valores que situaban a la mujer como “dama inmaculada”, “madre entregada”, “ingenua”, “inocente”, “sin deseos”, “dependiente” y “acompañante del hombre”, fueron inculcados junto a ideales religiosos que predicaban la culpabilidad de la mujer en el pecado original y, en consecuencia, la dependencia de la mujer respecto al hombre. Dichos ideales debían reflejarse en la imagen física de las mujeres, así como en su vestimenta. La imagen de pureza se mostraba en pieles pálidas para lo cual bebían, entre otras cosas, vinagre que aclaraba su cutis. La vestimenta, evolucionó hacia vestidos cada vez más elaborados, aparatosos e incómodos. El vestido victoriano se caracterizaba por cubrir el cuerpo desde el cuello hasta los pies. La parte superior, cubría completamente el torso y los brazos y llevaba debajo un corsé para estrechar la cintura. La falda destacaba por ser muy abultada, lo cual se lograba mediante una estructura de un metal. Si bien el uso de estos accesorios servía para adelgazar la silueta y hacerla más atractiva para los varones, el sentido fundamental de la estética femenina estaba centrada en su imagen débil y dependiente. Los corsés aprisionaban tanto los pulmones que las mujeres se desmayaban con demasiada frecuencia. El corsé desapareció a inicios de la Primera Guerra mundial debido a que las mujeres debían suplir la mano de obra masculina y requerían mayor comodidad en el vestir para producir mejor.
Los tacones eran y aún, son indumentarias que representan el símbolo de sumisión dadas sus características restrictivas sobre el cuerpo, ya que limitan la movilidad, afectan el equilibrio, disminuyen la velocidad de desplazamiento y aumentan el cansancio corporal al caminar largos trayectos. El tacón es reconocido como uno de los más comunes fetiches preferido por los hombres, razón por la cual se utiliza con frecuencia en actividades de prostitución y en los espectáculos diseñados para el público masculino. La falta de inocencia del uso de tacones radica fundamentalmente en los diversos problemas médicos asociados a su uso, como deformaciones en la columna, dolores de espalda, problemas renales o de ovarios. Las mujeres sufren de cuatro veces más problemas en los pies que los hombres, a causa de los tacones. Problemas como el Hallux valgus, Sesamoiditis o el Dedo en martillo son provocados o agravados por el uso de tacones.
Estas indumentarias junto a los diversos símbolos de la femineidad como las uñas largas, la depilación de las piernas, el maquillaje, la modelación de un cuerpo delgado, etc., constituyen mandatos genéricos de la femineidad, que tampoco son inocentes.
Si bien el planteamiento feminista reivindica posiciones construccionistas sobre el género y  la sexualidad, la modelación binaria del género sigue siendo una práctica cotidiana en ellas como en toda la sociedad. No es raro encontrar activistas feministas vestidas y arregladas a la usanza femenina, sobre todo si deben aparecer en los medios de comunicación. Lo cual significa que el dispositivo del control masculino sigue manejando incluso las mentes más críticas y disidentes presentándose como modelos a seguir dentro de los propios mandatos de las reglas de opresión patriarcal. Así, pareciera que la sexualidad es una fuerza natural que existe con anterioridad a la vida social, eterna, inmutable y transhistórica, imposible de modificar, y que la interiorización de las normas sociales que ordenan la sexualidad, que sirven al refuerzo del status quo, y ratifican la hegemonía de los varones occidentales, blancos, heterosexuales y de clase media y media alta es difícil de romper. Sin embargo, la cadena de la opresión, en el último eslabón se rompe. El feminismo requiere revisar a profundidad los dispositivos de control patriarcal y, las feministas transformar nuestro ámbito privado como ejercicio de lo político.




[1] Publicado en: Aguilar, Ernesto, Karla H. Guzmán y Claudio González (eds), Memorias del Seminario "Feminismos y Masculinidades", 3 volúmenes, prólogo de Francesca Gargallo, Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, noviembre 2013, versión electrónica.
[2] The Tonight Show, programa televisivo de la NBC,  Agosto de 1998.
[3]Suárez, Beatriz, De cómo la teoría lesbiana modificó a la teoría feminista (y viceversa), Publicado en Internet en la dirección:
[4] http://www.nodo50.org/herstory/textos/Escupamos%20sobre%20Hegel.pdf
[5]  Hernández, Alma Rosa.”Historia, ideología y praxis del feminismo en México”. UNAM, México,1990.Pág 26.
[6] Millett, Kate (2010), Política sexual, Cátedra.
[7] Rubin, Gayle (1986), El tráfico de mujeres: Notas sobre laa economía política del sexo, Nueva Antropología Vol.VIII, N°30, México.
[8] Wittig, Monique (2006), El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Egales.
[9] Espinosa, Yuderkis (2007), Hasta dónde nos sirven las identidades en Escritos de una lesbiana oscura, reflexiones críticas sobre feminismo y política de identidad en América Latina, en la frontera, Buenos Aires, Pág 32.
[10] Paredes, Julieta (2006), Para que el sol vuelva a calentar en No pudieron con nosotras: El desafío del feminismo autónomo de Mujeres Creando, Serie: Entretejiendo. Crítica y teoría cultural Latinoamericana, Elizabeth Monasterios P. editora, Plural Editores, Ecuador, pág. 66.
[11] Pisano, Margarita, Lesbianismo: un lugar de frontera,
 http://mpisano.cl/articulos/lesbfrontera.htm
[12] Simmel, Georg (1988), La aventura, Barcelona, Península, pg 28.
[13] Laver, James (1989), Breve historia del traje y la moda. Madrid: Cátedra.
[14] Entwistle, Joanne (2000), El cuerpo y la moda, Barcelona, Paidós.
[15] Elías, Norbert (1977), El proceso de la civilización. México: Fondo de Cultura Económica.
[16] Turner, Brian (1989), El cuerpo y la sociedad: exploraciones en teoría social. México: FCE.
Entwistle, ibídem.

[17] Zambrini, Laura & Paula Iadevito (2009), “Feminismo Filosófico y Pensamiento Postestructuralista: Teorías y Reflexiones acerca de las nociones de sujeto e identidad femenina” en Sexualidad, Salud y Sociedad. Revista Latinoamericana, Nro. 2. ISSN 1984-6487. Rio de Janeiro, Brasil: Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).
[18] Zambrini, Laura Modos de vestir e identidades de género: reflexiones sobre las marcas culturales en el cuerpo, en:
[19] Dutra e Mello, José Luiz (2007), Onde vocé comprou esta roupa tem para homem?: A construcao de masculinidades nos mercados alternativos de moda. Rio de Janeiro: Record.
[20] Zambrini, ibídem.
[21] Dutra e Mello, ibídem.
[22] Lipovetsky, Guilles (1990), El imperio de lo efímero, Barcelona, Anagrama, pg. 17.