sábado, 27 de febrero de 2016

MOVIMIENTO LÉSBICO LATINOAMERICANO, SU CONFORMACIÓN Y BUSQUEDA DE AUTONOMIA

MOVIMIENTO LÉSBICO LATINOAMERICANO, SU CONFORMACIÓN Y BUSQUEDA DE AUTONOMIA[1]

Norma Mogrovejo

La conformación del movimiento lésbico feminista latinoamericano no ha sido sencilla, en una región donde la religión católica a través del Estado y sus instituciones, marca las pautas de la moral y en consecuencia la validación de las mujeres por su adhesión disciplinar a la familia, la heterosexualidad y la reproducción, las lesbianas tuvieron que iniciar su lucha desde la clandestinidad, buscando espacios de legitimación primero dentro de la sociedad civil y luego en forma autónoma para reconfirgurarse a sí mismas como un sujeto político generador de discurso.
El inicio del movimiento lésbico homosexual en América Latina, está íntimamente ligado a la historia política de nuestro continente. La instauración de regímenes autoritarios en la década del 60 y 70 provocó la respuesta de diversos sectores de la sociedad; grupos guerrilleros que buscaron a través de la violencia el derrocamiento del autoritarismo y el establecimiento de mejores condiciones de vida, más equitativas y justas; organizaciones de obreros, campesinos, indígenas, mujeres, jóvenes, sectores populares, homosexuales, etc., desde la sociedad civil, en su demanda por la democratización y respeto a los derechos humanos, buscaban también cambios societales (Mogrovejo, 2000). Esta efervescencia dio lugar al surgimiento de una nueva generación de jóvenes que recusaba a la autoridad y traía como respuesta actitudes contraculturales, influida por los logros de la revolución cubana, el Che Guevara y las luchas estudiantiles de Europa y Norteamérica, donde  se ventilaban nuevos conceptos sobre libertad sexual y que echaron raíces en México y América Latina a principios de los sesenta (Lumsdem, 1991).
En dicho contexto surgió el movimiento lésbico homosexual latinoamericano, influenciado tanto por el contexto político de la región como por el reclamo político del stonewall de 1969, año en el que surgió el primer grupo homosexual en Argentina en plena dictadura militar, “Nuestro Mundo”. Sus integrantes, en su mayoría activistas de gremios de clase media baja, liderados por un ex militante comunista segregado del partido por homosexual, se dedicaron durante dos años a bombardear las redacciones de los medios porteños con boletines mimeografiados que pregonaban la liberación homosexual. En agosto de 1971, la ligazón de Nuestro Mundo a un grupo de intelectuales gays inspirados en el Gay Power americano, dio nacimiento al Frente de Liberación Homosexual (FLH) de la Argentina. Bajo el mismo nombre, el FLH, y el mismo año, surgió en México el primer grupo organizado, siendo su principal cara pública la directora de teatro Nancy Cárdenas (Mogrovejo, 2000).
Aunque en número menor, las lesbianas fueron parte de los grupos homosexuales. Fue con la influencia del feminismo latinoamericano, denominado de la segunda ola, que empezaron a pensarse a sí mismas a partir de sus particularidades como mujeres. De hecho, la denominación que tenían era el de “homosexuales femeninas”, el término de “lesbianas” apareció en 1975 en la Conferencia por el Año Internacional de la Mujer bajo la influencia del feminismo.
Desde los primeros grupos mixtos, las lesbianas empezaron a identificar la segregación ejercida por parte de los homosexuales. El feminismo les aportó herramientas teóricas y metodológicas para analizar las relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres y fue grande su sorpresa encontrar ese mismo sexismo al interior de las organizaciones homosexuales (Mogrovejo, 2000).
Esta primera experiencia, empezó a perfilar una característica en las lesbianas latinoamericanas, la insumisión respecto a relaciones de poder que pusieran en riesgo su autonomía. Y fue a partir de entonces que las lesbianas optaron por el separatismo como una estrategia de organización y posicionamiento político que les permitió elaborar ámbitos teóricos desde la autonomía (Mogrovejo, 2009).
Es así que en casi todos los grupos mixtos, las lesbianas empezaron a organizarse en comités específicos o a separarse de los homosexuales y formar grupos autónomos. En México el grupo Lambda de Liberación Homosexual que inició en 1978, tuvo un Comité de Lucha Feminista que llevaba a las plenarias las discusiones feministas y donde gran parte de los activistas fueron formados bajo dichos principios. En Brasil, el mismo año, inició el grupo Somos y con el acercamiento de las lesbianas al feminismo formaron el sub-grupo Lésbico Feminista y posteriormente se separaron formando el Grupo de Acción Lésbico Feminista (GALF) y que años después dio lugar al grupo Um Outro Olhar. El GALF se caracterizó por la promoción de eventos político-culturales en espacios feministas, homosexuales, político partidarios y en la sociedad civil. Iniciaron la formación de una biblioteca lésbica y publicaron doce ediciones del boletín Chana com chana (bulba con bulba) desde 1981 de gran importancia, por ser una de las primeras publicaciones lésbico-feministas de la región (Mogrovejo, 2000).

La organización lésbica autónoma
La experiencia de organización autónoma de las lesbianas latinoamericanas se inicia en 1977 en México con el grupo Lesbos, con lesbianas que habían participado en grupos feministas y que experimentaron también exclusión de parte de las feministas heterosexuales. Las declaraciones fundacionales de Lesbos estuvieron articuladas a las luchas de todos los sectores marginales contra los sistemas socioeconómicos represivos y por la construcción de una nueva organización social. A pesar de su declaración política, las primeras discusiones que causaron diferencias y rupturas respondían a la necesidad de algunas de salir al ámbito público y asumir la lucha lésbica desde lo político-público, a lo que se empezó a denominar “salir del closet”; y la defensa de otras, de mantenerse como un grupo cerrado de contención, lo que a su vez expresaba el miedo a las posibles represalias de una sociedad lesbofóbica principalmente en el ámbito familiar, laboral o escolar. Es así que a pesar de aparecer grupos de lesbianas en algunos países, en los 70 y 80s, debido al clima de violencia, la mayoría operó sobre todo en sus inicios, desde la semiclandestinidad.
Lesbos dio lugar al famoso Ollin Iskan Katuntat Bebeth Thot (OIKABETH), que en maya significa "Movimiento de mujeres guerreras que abren camino y esparcen flores". OIKABETH tuvo una característica un tanto mística, alimentaba el imaginario de formar una especie de amazonas, guerreras dispuestas a realizar la revolución lésbica y transformar las relaciones sociales. Trabajaron coordinadamente con las lesbianas de Lambda y del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR) y entablaron puentes de comunicación e intercambio con las feministas heterosexuales (Mogrovejo, 2000). En estos encuentros, las feministas heterosexuales, tuvieron la oportunidad de cuestionar sus temores a ser estigmatizadas como lesbianas y la resistencia que ello causaba para aceptar a las lesbianas como pares y a sus  propuestas como parte de la agenda feminista. A lo que las lesbianas denominaron hermetismo heterocentrista. Las demandas feministas fueron pensadas para mujeres en relaciones heterosexuales, así, el derecho al aborto, la lucha contra la violencia hacia las mujeres y la maternidad libre y voluntaria sólo fueron resignificadas también para lesbianas algunos años después. En éstos encuentros las feministas pudieron replantear la sexualidad como espacios productores de poder, de práctica política ligada al placer y la negociación, y por tanto, una experiencia generadora de sujeto. Esta relación sirvió también para cuestionar sobremanera, el modelo reproductivo como único ejercicio de la sexualidad, y en ese sentido, muchas heterosexuales pudieron liberarse de una sexualidad impuesta gracias a la experimentación y los conceptos construccionistas (Mogrovejo, 2009). Estas mismas reflexiones fueron experimentadas en diferentes países donde el heterofemenismo había ejercido formas de lesbofobia y la presencia de las lesbianas aportó a transformar las dinámicas de relación, las concepciones teóricas y las agendas.
OIKABETH dio lugar al grupo Lesbianas Socialistas, el que a su vez dio lugar al grupo Seminario Marxista Leninista de Lesbianas Feministas, todos estos liderados por Yan María Castro, activista incansable que ligó el análisis de clase al feminismo. A inicios de los 80 también surgió La Comuna de Morelos, interesante experiencia en un estado cercano al Distrito Federal, conformado principalmente por lesbianas campesinas quienes ensayaron una forma de economía comunitaria y trabajo colectivo. Dejó de existir debido al miedo experimentado por sus integrantes por una supuesta y posible persecución por parte del Estado (Mogrovejo, 2000).

La influencia de los Encuentros Feministas
Los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe iniciados en la década de los 80 fueron una importante influencia para que el movimiento lésbico latinoamericano pudiera articularse regionalmente y desplegar con más fuerza su corriente autónoma. En el I Encuentro en Colombia en 1981, el tema del lesbianismo no estuvo contemplado en el programa pero las lesbianas organizaron un foro sobre lesbianismo en la comisión de Sexualidad y Vida Cotidiana (Mogrovejo, 2004). En el II Encuentro Feminista en Perú en 1983 el taller sobre patriarcado y lesbianismo se convirtió en “el taller” de todo el evento. Después de dicho Encuentro surgieron: el Grupo de Acción Lésbica Feminista (GALF) de Perú[2] y  GALF de Brasil; Cuarto Creciente,[3] Oasis[4] y MULA[5] en México, Ayuquelén en Chile;[6] y Mitilene en República Dominicana. Después del III Encuentro Feminista en Brasil en 1985, inició en Argentina el Grupo Autogestivo de Lesbianas (GAL)[7] impulsado por Ilse Fuskova, quién después de la masiva respuesta de lesbianas a raíz de una entrevista en televisión forma Convocatoria Lesbiana. La preparación del V Encuentro Feminista que se realizaría en 1990, movilizó un número importante de lesbianas quienes participaron en el Frente Sáfico (FRESA). Ese mismo año se creó el grupo Las Lunas y las Otras, que marcó una nueva generación lésbica-feminista y posteriormente el Grupo de Reflexión de Lesbianas (GRL).
Después de asistir a una Conferencia de Ginebra, organizada por el International Lesbian Information Service (ILIS) en 1986 y experimentar la ausencia de espacios para lesbianas dentro del feminismo, una lesbiana costarricense planteó la necesidad de constituir una organización lésbica que luchara contra la opresión hacia las lesbianas, es así que nace en marzo de 1987, las Entendidas en Costa Rica (Mogrovejo, 2000).[8]

La necesidad de Encuentros propios
En el III Encuentro Feminista en Brasil de 1985, GALF-Brasil y GALF-Perú convocaron al taller: "Cómo organizarnos las lesbianas" donde se propuso la necesidad de Encuentros lésbicos latinoamericanos fuera de los marcos de los Encuentros Feministas, y la necesidad de impulsar una Red de apoyo e intercambio de información entre lesbianas del continente (Mogrovejo, 2004).
Esta vocación autonómica de las lesbianas latinoamericanas, debe ser entendida como resultado de su experiencia con otros sectores. De la resistencia a las políticas heterocentristas del feminismo y la práctica falogocéntrica y misógina del movimiento homosexual y la izquierda (Mogrovejo, 2000). Un Encuentro propio, planteaba la necesidad de repensarse a sí mismas y trabajar propuestas desde la experiencia y el propio cuerpo. Práctica que no fue fácil mantener.
La experiencia del I ELFLAC en 1987 se realizó en México, previo a IV Encuentro Feminista. La presencia de la Cooperación Internacional hizo particularmente conflictivo el Encuentro y marcó una dinámica institucionalizante, la lucha por el poder, la representatividad y un financiamiento que nunca antes había existido para el trabajo lésbico. Sin embargo, la presencia de las lesbianas unos días después, en el posterior Encuentro Feminista apareció compacta, con un discurso sólido, cuestionando el heterocentrismo de la acción colectiva y agenda del feminismo.
Los posteriores encuentros directa o indirectamente también se vieron afectados por los intereses de la Cooperación Internacional, organismos gays eurocéntricos, las dinámicas partidarias de algunas localidades y la lesbofobia del Estado, la Iglesia y algunos sectores de la sociedad civil. Al momento se realizaron VIII ELFLACs,[9] llevados a cabo con muchas dificultades debido a las injerencias mencionadas y también la debilidad organizativa de algunos países, sin embargo, han sido importantes los aportes de las lesbianas al movimiento feminista, al movimiento homosexual y a la sociedad en su conjunto.
Si bien los 70 y 80s el lesbofeminismo recreó una tradición autonómica dentro del feminismo, el ingreso del neoliberalismo y la globalización en la década de los noventas, transformó por completo las dinámicas sociales tanto en la producción discursiva, en los análisis y las miradas. Los cuestionamientos del lesbofeminismo a las relaciones de poder clasistas, racistas, generacionales, androcéntricas y heterocentricas perdieron centralidad ante las demandas por derechos. Con el debilitamiento del Estado-nación por las transformaciones de la globalización, las escalas de la acción social se trasladaron de lo local a lo global y tomaron centralidad demandas que fueron impulsadas desde los organismos supranacionales como las de derechos humanos, derechos sexuales y reproductivos y diversidad sexual (Mogrovejo 2009a). Y en esa lógica se agruparon las denominadas “minorías” bajo el concepto de “diversidad sexual” que incluye también a los heterosexuales, perdiendo así, el sentido crítico de la sexualidad hegemónica y normativa (Mogrovejo, 2008). Los intereses por el financiamiento llevaron a este sector a agruparse bajo la denominación LGTTTB, que prioriza los ámbitos identitarios y donde la presencia lésbica perdió importancia o se reformuló bajo una lógica masculina (Curiel 2006).
Los noventa también trajeron la instalación de nuevas concepciones filosóficas; con la crítica al naturalismo y la apuesta a los postulados construccionistas del género, el post feminismo, renunciaba a considerar al sujeto femenino como el centro de su política. Bajo esa lógica, ya no tenía sentido tampoco mantener espacios diferenciados en base a identidades, puesto que lo hombre, mujer, lesbiana, homosexual no darían cuenta de identidades fijas inmutables, ni de esencia alguna, por tanto fueron desestimadas concepciones sobre la justicia y la verdad (Mogrovejo 2009).
En ese contexto, la búsqueda de la autonomía, ha circundado caminos sinuosos y ha implicado costos importantes a nivel de la experiencia organizativa. Los procesos de institucionalización del movimiento feminista y otros movimientos sociales, también afectaron al Movimiento Lésbico, modificando las lógicas de la acción social. Los financiamientos en la mayoría de los casos, condicionaron agendas tendientes a priorizar prácticas integracionistas a los valores de la heterosexualidad y el mercado neoliberal, generaron burocracias representativas y falsos liderazgos. La institucionalización posicionó a un feminismo y un lesbofeminismo hegemónico, un tipo de discurso y una lógica de pensamiento más euro-norcéntrico que latinoamericano. La resistencia y los cuestionamientos vinieron de sectores críticos a las nuevas formas de colonialidad y dependencias, al tiempo que  defendieron políticas autogestivas y temáticas que problematizaron lo lésbico más allá del ámbito puramente sexual e identitario.
En esta experiencia, es importante rescatar que, tanto con la organización de las lesbianas en grupos autogestivos, como con los ELFLAC, la generación de una cultura lésbica, que sirvió de referencia a muchas lesbianas en la región, quienes carentes de una historia y una genealogía en la cual reconocerse, construyeron una cultura propia que le disputa a la heterosexualidad obligatoria y compulsiva, valores hegemónicos del ser mujer. Así, alentadas por el deseo de recuperar el femenino mutilado por el patriarcado, la genealogía del conocimiento que logró escapar, si esto es posible, del pensamiento masculino; las lesbianas forjaron grupos activistas de lesbianas, grupos de amigas, grupos deportivos, comunas, experiencias autogestivas, de autosostenimiento, economías compartidas, experiencias urbanas y rurales, espirituales y materialistas, de complicidad y solidaridad entre mujeres para hacer de lo privado espacios de reflexión y práctica política y de los espacios públicos un encuentro con lo cotidiano y hasta lo espiritual. Las artistas crearon arte lésbico: grupos de pintoras, poetas, teatreras, músicas; organizaron exposiciones, recitales, festivales de cine, editaron revistas, organizaron archivos lésbicos, marchas lésbicas y sobre todo, fiestas sólo para lesbianas. Acciones que fueron entendidas también como una forma de acción política. Y es quizás este proceso, que aportó sobre todo al feminismo, una mirada de la diferencia en la diferencia.
Si bien, los Encuentros Lésbicos Feministas de América Latina y el Caribe (ELFLAC)[10] uno de los espacios más importantes de confluencia política de las lesbianas latinoamericanas, expresan la convicción autónoma y separatista a nivel de la organización social, el nexo con el feminismo ha sido importante principalmente porque la teoría feminista ha alimentado las reflexiones lésbicas y porque el feminismo se hizo más transformador, analítico, propositivo y enriquecedor cuando las lesbianas comenzaron a generar un pensamiento y una acción política más radical al explicar cómo la heterosexualidad era un Régimen político, normativo y obligatorio que tenía efectos nefastos para las mujeres en el plano económico, social, cultural, simbólico y emocional, limitando su autonomía y su libertad (Curiel 2006).
El lesbofeminismo al afirmarse como una opción política para cualquier mujer, es decir, más que una preferencia sexual (De Lauretis, 1993), se ha posicionado como una corriente política que desafía a uno de los regímenes políticos más impositivos, la heterosexualidad, que obliga a que las relaciones entre hombres y mujeres sean relaciones de dominio, basadas en la división del trabajo en razón de sexo, y en la imposición de la sexualidad reproductiva. Es una propuesta transformadora que supone no depender ni sexual, ni emocional, ni económica, ni culturalmente de los hombres. Ahora más que nunca, la tradición autónoma plantea el reto de reafirmar su postura eminentemente política, que hace del sujeto lesbiana, un posicionamiento frente al patriarcado, la heterosexualidad obligatoria, el racismo, el clasismo, el neocolonialismo, el neoliberalismo, el militarismo, los nacionalismos, entre otros.

Bibliografía
Curiel, Ochy. “El Lesbianismo Feminista en América Latina y El Caribe: una propuesta política transformadora”. Ponencia presentada al 1er Encuentro de Diversidad Sexual de las Mujeres realizado en Bogotá en octubre del 2006, organizado por el Colectivo Triangulo Negro.
De Lauretis, “Sujetos excéntricos: la teoría feminista y la conciencia histórica”. De mujer a género, teoría, interpretación y práctica feministas en las ciencias sociales. María C. Cangiamo y Lindsay DuBois, comps. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1993. 73-113.
Lumsden, Ian. Homosexualidad, sociedad y Estado en México. Ed. Colectivo Sol, México, D.F., 1991.
Mogrovejo, Norma. “Algunos aportes del lesbofeminismo al feminismo latinoamericano”. Ponencia presentada al Coloquio Nuevos Retos del Feminismo. Universidad de Buenos Aires, julio de 2009.
---. “El feminismo en la era del neoliberalismo hegemónico”. En: Mujer y Violencia: El Feminismo en la era de la Globalización. Cuadernos del seminario 2, Ciencias Políticas y Administración Urbana. UACM., 2009a
---. “Diversidad sexual un concepto problemático”. Trabajo Social 18, 2008: 62-71.
---. “Los Encuentros Lésbico feministas de América Latina y el Caribe”. Teoría lésbica, participación política y literatura. UACM, 2004.
---. Un amor que se atrevió a decir su nombre. La lucha de las lesbianas y su relación con los movimientos feminista y homosexual en América Latina, Ed. CDAHL, Plaza y Valdés, México, 2000.




[1] Publicado en: Alcalde, M. Cristina; Bordo, Susan y Rosenman, Ellen, compiladoras. Provocations: A Transnational Reader in the History of Feminist Thought, University of California Press, 2015.
[2] Publicó la revista Al Margen, asumió la organización del II ELFLAC para 1989 pero debido a la violencia generada por grupos terroristas como Sendero Luminoso y el MRTA y el Estado, pidieron a las Entendidas de Costa Rica que organizaran dicho Encuentro.
[3] Uno de los espacios culturales más importantes en el movimiento lésbico mexicano, contaron con un espacio para talleres, encuentros, cafetería y biblioteca, en el corazón del centro histórico. La propuesta de Cuarto Creciente era llevar a la práctica cotidiana y personal el análisis político y asumieron el activismo como una intervención en lo cotidiano. El feminismo no debía terminar en el espacio laboral, ni con la jornada de trabajo, la vida cotidiana debía ser parte de las transformaciones políticas, de allí que era necesario colectivizar lo individual y politizar lo privado. Sus actividades mescladas con la espiritualidad y el esoterismo, expresaban la generación cultural desde la diferencia.
[4] Un espacio de encuentros y centro de documentación en un pueblo, denominado mágico, Tepoztlán, Morelos, al que han llegado a vivir “gente alternativa”, hippies, artesanos, comunas de extranjeros y una importante población lésbica, quienes han denominado al pueblo “Lesbostlán”. Oasis se caracterizó también por ser un espacio exclusivo para lesbianas, desde el separatismo, la autonomía y la diferencia.
[5] Trabajó sobre todo talleres de sexualidad, erotismo y lesbofobia en espacios heterofeministas.
[6] Ayuquelén surge en 1983, en plena dictadura militar, debido a la segregación sufrida por parte de las feministas heterosexuales organizadas y el asesinato de una lesbiana por parte de un policía civil en plena vía pública. Pese al adverso contexto político que las mantuvo en una semiclandestinidad, realizaron un Encentro Nacional y diversos talleres de formación que dieron lugar a posteriores generaciones.
[7] Sacaron primero en 1986 la publicación Codo a Codo y en 1987 Cuadernos de Existencia Lesbiana.
[8] Publicaron once números de La Boletina lo que les permitió infiltrarse en ciertos espacios de la sociedad costarricense, principalmente lésbico-homosexuales. Para acercarse a la comunidad lésbica, organizaron durante varios años "las noches sólo para mujeres", actividades culturales, literarias y talleres para fortalecer la autoestima en el bar La Avispa. Organizaron el II ELFLAC en 1990, en medio de una fuerte represión lesbofóbica ejercida por el Estado y la Iglesia.
[9] El artículo fue escrito en 2011, para cuando salió la publicación y al momento de revisarlo para la presente compilación ya se han realizado diez Encuentros, los que son analizados en otro capítulo de esta compilación.
[10] A partir del IX Encuentro en Bolivia, en noviembre del 2012, cambia la denominación a Encuentros Lésbcofeministas del Abya Yala (ELFLAY) en una clara adhesión a una perspectiva decolonial.