sábado, 27 de febrero de 2016

Madres lesbianas, familias resignificadas. Poco sexo, más clase y mucha raza


Madres lesbianas, familias resignificadas.
Poco sexo, más clase y mucha raza[1]
Norma Mogrovejo
La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado. Declaración Universal de los Derechos Humanos. Resolución 217 A, 1948. Organización de las Naciones Unidas (ONU)
Se debe conceder a la familia, que es el elemento natural y fundamental de la sociedad, la más amplia protección y asistencia posibles, especialmente para su constitución y mientras sea responsable del cuidado y la educación de los hijos a su cargo.           Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, 1996. Organización de las Naciones Unidas (ONU)
La familia como grupo fundamental de la sociedad y medio natural para el crecimiento y el bienestar de sus miembros, y en particular de los niños, debe recibir la protección y asistencia necesarias para poder asumir plenamente sus responsabilidades dentro de la comunidad. Convención de los derechos del niño, 1989.
La familia es la unidad básica de la sociedad. El proceso de rápido cambio demográfico y socioeconómico ha influido en las modalidades de formación de las familias y en la vida familiar y ha provocado cambios considerables en la composición y en la estructura de las familias. Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo. El Cairo 1994. Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA)

          La familia es considerada tanto por el Estado como los organismos supraestatales como una institución natural, fundamental para la sociedad y la unidad básica de la sociedad a la que hay que proteger y respetar. Hay una intención política en naturalizar la familia. La afirmación de que es una institución que ha existido desde siempre, es un mito interesado. Gargallo afirma que las formas de asociación de los seres humanos y su regulación en lo que conocemos como matrimonio, responden en cada lugar a sus propias concepciones culturales, religiosas y genéricas, su institucionalización casi siempre refleja estratificación y una situación inferiorizada de las mujeres y los niños, y la apropiación por parte de los hombres de la capacidad reproductiva de las mujeres a las que se excluye del mundo para reducirlas a la obediencia de un núcleo privado. Privado de la sociabilidad y sus libertades y derechos (Gargallo, 2012). ¿Por qué entonces el interés del Estado, los organismos supraestatales, la iglesia y gran parte de la sociedad por preservarla y protegerla? ¿Existe alguna posibilidad de resignificarnos fuera de la organización familiar?
            Anderson plantea que tanto la familia como la nación son pensadas dentro de una “ley natural”, a pesar de que son históricas y contingentes, a tal punto que es posible “morir por ella”, igual que por la familia (Anderson,1993).
          En la ampliación del concepto familia, la inclusión de lesbianas y homosexuales se legitima con la aprobación del matrimonio gay. Antes rechazados y perseguidos, hoy incluidos y condicionados a las dinámicas del consumo neoliberal, de los valores heteropatriarcales y pieza clave para la continuidad del proyecto colonial civilizatorio de estratificación racial y genérica para apropiarse del trabajo de las “razas inferiores” y los cuerpos de las mujeres.        La resignificación del matrimonio y la familia gay, en el contexto neoliberal y al mismo tiempo colonial, nos permite analizar el significado universalizador y totalizante del régimen familiar y su consecuente pensamiento familiocéntrico. Verdad esencial que sirve para el mercado.

La organización familiar y las estructuras de poder
          ¿Qué significa que la familia sea el núcleo de la sociedad? ¿Es la familia la base de la estructura social? Según Irene Meler, la metáfora de la familia como célula básica de la sociedad, olvida que las células adquieren su forma de acuerdo con el tejido, es decir, la familia se estructura según la organización social, el modo económico de producción, y la cultura dominante que el sistema político necesita. En este sentido pensar que la familia responde al interés del poder político, nos obliga a reflexionar en el papel de los sujetos y sus agencias, en este caso, del abandono que el feminismo ha hecho a la crítica de la familia y el matrimonio y el lugar subordinado impuesto a las mujeres dentro de ambas instituciones.
          Uno de los primeros autores que analizó a la familia, derivada de los modos de producción de cada sociedad fue Federico Engels, quién en El origen de la familia la propiedad privada y el estado, reconoce la subordinación de las mujeres como un desenlace histórico. Si bien hay una interpretación naturalista en su análisis, respecto la división sexual del trabajo debido a las diferencias bilógicas entre los sexos, se le reconoce ser el primero que desnaturalizó la asimetría de poder entre hombres y mujeres. Para Engels la apropiación de los medios de producción por parte de los hombres, les permitió generar excedentes que dieron lugar a la herencia y al aseguramiento de la filiación masculina, en consecuencia, la imposición de la monogamia exclusiva para las mujeres,  que permitió a los hombres tener control sobre su sexualidad, imponer patrilinajes y residencia virilocal (Engels, 2012). Esta perspectiva abrió la posibilidad de teorizar acerca de la existencia de cambios sociales en las relaciones entre los sexos.
          Si bien la perspectiva marxista resulta más verosímil que otras, en cuanto la organización económica, no percibe la importancia de la reproducción, tanto biológica como cultural, en el destino social de los sujetos. Teniendo a Morgan como principal fuente, el evolucionismo antropológico, parte de una teleología ideológica conservadora, que establece en las organizaciones familiares observadas, una especie de progresión histórica que culminaría de forma sospechosa en el modo de familizarización hegemónica de la sociedad en la que Morgan habitaba.
          Lévi Strauss, el creador de la antropología estructural, propone la existencia de dos principios fundamentales que rigieron el funcionamiento familiar: el tabú del incesto y la división sexual del trabajo. El primero como un pacto social entre hombres que consistía en intercambiar a las mujeres con grupos diferentes, renunciando a la “posesión sexual” por parte de su grupo de origen, lo que les permitió a los hombres adquirir parientes varones, que fueran aliados para la cacería y la guerra. En cuanto la división sexual del trabajo, Lévi Strauss consideró que la regulación social de tareas diferenciadas entre hombres y mujeres fue necesaria para la subsistencia de un grupo y que estimularía la dependencia recíproca entre sexos, favoreciendo a la formación de parejas conyugales y la reproducción ordenada dentro de organizaciones familiares (Strauss, 91).
          Los análisis de la posición histórica de las mujeres dentro de la familia, fueron de suma importancia para la antropología feminista, en un intento de explicar y transformar la subordinación de las mujeres. La antropóloga feminista Gayle Rubin, replanteó el pensamiento estructuralista en su artículo sobre el Tráfico de mujeres, donde  re conceptualiza el “intercambio” de Lévi Strauss por “tráfico”, aludiendo a la trata de esclavos y mujeres. Rubin señaló que el tabú del incesto presuponía otro tabú que quedaba implícito: el tabú contra la homosexualidad, por la interpretación naturalista de relaciones hetero-reproductivas de Lévi Strauss. El tráfico de mujeres supuso, el establecimiento de uniones cuya sexualidad fuera reproductiva con nexos significativos entre estos arreglos sexuales y los arreglos políticos y económicos que organizan las sociedades humanas. De ahí el subtítulo de su artículo “Notas para una ‘economía política’ del sexo” (Meler, 2008). Con el concepto sistema sexo/género, Rubin refiere que el sexo da lugar al género, de tal manera que éste y la heterosexualidad obligatoria son producidos culturalmente, y las mujeres son relegadas a una posición secundaria en la familia y las relaciones humanas.
          En respuesta, desde el feminismo materialista Monique Wittig afirmó que tanto el género como el sexo son construcciones socioculturales que no tienen nada de naturales porque no tienen existencia antes de lo social. Para Wittg el sexo es una categoría política y económica impuesta para subordinar mentes y cuerpos, y determina el papel y el rol que las mujeres (y los hombres) deben jugar en la sociedad. Es la opresión la que crea el sexo, y no al revés, afirma, por lo que es necesario destruir política, filosófica y simbólicamente las categorías históricas “hombres” y “mujeres”. Señala que la heterosexualidad es un régimen político que facilita la opresión de los hombres sobre las mujeres, y del cual escapan las lesbianas por ser prófugas de su clase social (mujeres). Apunta además, que tanto la heterosexualidad como la estructura de la familia heterosexual, estarían reproduciendo un régimen de dominación que habría que transformar (Wittig, 2006).
          Así pues, desde distintas vertientes el feminismo plantea la necesidad de revisar la matriz heterosexual que conlleva el género y los efectos de la naturalización de la masculinidad y feminidad en la ontología de las personas y la regulación que esto implica en su forma de asociación, la familia.
          Masculinidad y feminidad son distribuidos, encarnados y resignificados contradictoriamente en cada sujeto nos dice Butler, y no hay actuaciones de la feminidad o masculinidad que sean más verdaderas que otras, sólo son formas de negociación de esos ideales, que a la vez tienden a ser más naturalizados o legitimados que otros, lo que los vuelve  “más respetables” de acuerdo con un imaginario social que continúa siendo primordialmente heterocéntrico (Sabsay, 2009).
          Para desnaturalizar la organización política familiar, Butler apunta la necesidad de distinguir “familia” de “parentesco”, pensando en éste como la comunidad que participa de las mayores celebraciones y pérdidas de nuestras vidas. “Creo que es un error restringir la idea de parentesco a la familia nuclear. Creo que todos necesitamos producir y sostener este tipo de comunidades, pero se deposita demasiado peso emocional sobre la familia y la pareja. No es necesario estar unidos por la sangre o por el matrimonio para convertirse en esenciales unos para los otros. No solamente tenemos que imaginarnos más allá de estas maneras de relacionarnos sino también cómo podríamos vivir en ellas” (Sabsay, 2009). O fuera de ella, si esto es posible, me pregunto.

Las transformaciones históricas de la familia
          Dependiendo de las necesidades económicas y políticas, la institución “familia”, se  ha adaptado a lo largo de la historia a las diferentes culturas, pero no deja de tener como función principal e ideológica, normalizar estratificaciones, legitimar roles  y regular comportamientos.
          La colonia trajo al Abya Yala el modelo universal y normativizador de familia, tanto Breny Mendoza como María Lugones apuntan que para regular la familia bajo un sistema de castas y de estratificación rígida, el régimen colonial usó como estrategia la heterosexualización reproductiva y la engenerización (Lugones, 2007). Así, el concepto de mestizaje ha sido construido como una categoría heterosexual, pues implicó el producto híbrido de la relación entre el español y la mujer indígena. El proyecto occidental de blanqueamiento fue posible a través de la apropiación de sus cuerpos, de su sexualidad y su fuerza de trabajo (Mendoza, 2001).

La familia nuclear
          A mediados del siglo XIX, se constituyó la noción de familia nuclear, conformada por la pareja heterosexual con hijos, hoy conocida como familia moderna. Éstas eran unidades económicas, sociales y políticas, que subordinaban los intereses de los hijos y mujeres a los del padre. Y a la vez, cada familia servía a los intereses de grupos de parentesco más amplios, controlados por el patriarca. Las uniones de hombres y mujeres dependían de éste, quien fomentaba uniones con el objetivo de continuar con el linaje. En estas familias, que podemos denominar premodernas, los hombres tenían el poder indiscutido y las mujeres eran subordinadas a cambio de protección y estatus social, que además incluía  el control sobre sus cuerpos, sus emociones, sus hijos y su trabajo.

La familia moderna
          En la familia moderna que acompañó el desarrollo de la sociedad industrial, los hombres comenzaron a trabajar en las actividades fabriles, con lo que proveyeron abrigo y comida a su familia gracias al “salario familiar” que excluyó a las mujeres del mundo público y las recluyó al ámbito doméstico en la crianza de los niños. Con la industrialización y el capitalismo se requirió de núcleos familiares móviles, que pronto se desprendieron y alejaron de su grupo de parentesco, para vender su fuerza de trabajo en el mercado.
          Hacia la mitad del siglo XX, las características normalizadoras de la familia occidental moderna, fueron impuestas de forma universal, lo que conllevó a pensar en la familia, como algo natural, dejando fuera otros modelos familiares. El amor romántico, el casamiento voluntario y la sobrevaloración de la maternidad son características de este nuevo modelo de familia (en el que la subordinación femenina, ahora disfrazada por los afectos sigue presente) y que se transforman en ideologías reproductoras de las desigualdades (Di Marco, s/f).
          Para Silvia Federici, la familia nuclear es la institución que posibilita a través de la división de lo público y lo privado,  la división capitalista del trabajo y la esclavitud de las mujeres dentro del hogar con el trabajo gratuito disfrazado de amor. La mistificación de la función social de la familia es funcional al capital porque le permite ocultar la duración real de nuestra jornada laboral y en consecuencia acumular plusvalía. La reproducción de la fuerza de trabajo que se hace en la familia, disfrazada de placer o de tiempo libre, aparece entonces como una elección individual.

Prácticas familiares contemporáneas
          Durante los años sesenta y setenta, la brecha entre la ideología dominante y los comportamientos discordantes, generaron desafíos a las familias provocando crisis al interior de las mismas, terminando algunas en separaciones.
          El ingreso progresivo de las mujeres al mundo del trabajo productivo; la aparición de las píldoras anticonceptivas, el cuestionamiento del movimiento de mujeres al amor romántico y su concepción “para siempre” y a la jerarquización de las relaciones entre hombres y mujeres, el impacto de los avances legislativos sobre el divorcio, la patria potestad compartida, etc., influyeron en la construcción de nuevos arreglos en las relaciones de género.

Familias posmodernas y el neoliberalismo
          Algunos autores comienzan a denominar a las nuevas familias como familias posmodernas, para caracterizar la fluidez de los vínculos y las diversas estrategias que combinan viejas y nuevas formas de relaciones. Algunas características de las familias posmodernas son: La separación de la sexualidad, la gestación, el matrimonio, la crianza y las relaciones familiares; la convivencia de hijos de diferentes matrimonios y la consideración de los hijos como ciudadanos. Las mujeres tienen más acceso a la educación y al empleo; son menos dependientes económicamente de los maridos; tienen más cargas gracias a la doble o triple jornada de trabajo, pueden alejarse de relaciones abusivas o violentas.
          Sin embargo, la implementación del sistema neoliberal ha generado un gran deterioro en los parámetros socioeconómicos básicos de la vida cotidiana, que inciden en los proceso de reestructuración de las familias: aumento de mujeres solas jefas de hogar, nacimientos ilegítimos, madres precoces, violencia doméstica, incapacidad de las familias de proporcionar a los hijos una infancia feliz, entre otros, son parte de este cuadro de debilitamiento. Además de los efectos del feminicidio y la trata de mujeres que se han elevado en las últimas décadas.
          Esta nueva economía ha generado grandes procesos de individuación donde “lo que debe ser y lo que debe hacerse” pesa cada vez menos. En la posmodernidad, la regulación social adquiere la forma de la incitación: la incitación a consumir, la incitación a gozar, ya sea sexualmente o de otro modo. Por eso, las adicciones y las compulsiones a las compras son las patologías prevalentes en la actualidad (Faur, 2005).
          Las políticas neoliberales en los países llamados en vías de desarrollo, como la apertura económica a las multinacionales, la privatización de los servicios estatales, el libre cambio y saqueo de materias primas, entre otros, ha llevado a acrecentar la pobreza. En América Latina el 5% más rico de la población recibe el 25% del ingreso total. La proporción supera a lo que recibe el 5% más rico en las otras áreas del globo. A su vez, es la región donde el 30% más pobre de la población recibe el menor porcentaje del ingreso (7,6%) en relación a todos los otros continentes (Klisksberg, 2000).
          De acuerdo a Chomsky los países poderosos han buscado imponer una noción de democracia acorde a sus fines. Se espera que en lugar de ciudadanos, que exigen sus derechos, haya consumidores espectadores y obedientes. Y que todo aquel país cuyo comportamiento no garantice el enriquecimiento de los países dominantes será combatido (Colín, 2011). Para Agamben hay una relación entre el nuevo orden internacional y la continuidad del sistema político autoritario de los setentas. Las actuales democracias son funcionales para la consumación de la apertura irrestricta de los mercados y el capital transnacional, la impunidad de los gobiernos genocidas que protagonizaron las políticas represivas, la desarticulación y desorganización de la sociedad civil, la eliminación de las alternativas políticas de izquierda mediante una neutralización y derechización de sus demandas, que las hace funcionales al nuevo orden global imperante, precisamente, desde los años setenta (Agamben, 98). Y es ese orden internacional quién paradójicamente reclama y condiciona a los Estados el respeto a los Derechos Humanos como una condición de legitimación del poder, entendidos fundamentalmente como derechos liberales, individuales y universales, imponiéndose con ello la prioridad de la libertad de mercado sobre una libertad real para todos, lo que ha significado en la práctica, la legitimación de la explotación de los seres humanos y de la naturaleza, incrementando aún más la diferencia entre el Norte y el Sur, que no es otra que la brecha entre ricos y pobres. La exigencia de los Derechos Humanos se convierte entonces, en la estrategia discursiva funcional del capitalismo neoliberal y de la democracia formal (Ribotta, s/f).

Recomposiciones familiares y el matrimonio gay
          En ese contexto, las nuevas recomposiciones de las estructuras familiares también son funcionales al nuevo orden internacional. Jules Falquet, al analizar los efectos del neoliberalismo, plantea el surgimiento de un “nuevo” tipo de familia que denomina neo-nuclear. Este nuevo modelo se relaciona con una doble lógica: por una parte, la del sistema político-económico, cuyo objetivo es individualizar al máximo las personas y destruir todas sus redes de solidaridad para que se encuentren solas frente a la máxima explotación que les espera y a la represión. Por otra parte, la necesidad cada vez más apremiante de dichas personas de sobrevivir en estas condiciones hostiles, que las empuja a conformar, si no una familia, al menos una pareja con la que pagar la renta y defenderse emocionalmente del individualismo frenético del mundo neoliberal. Para muchas mujeres, en especial (que siguen ganando bastante menos que los hombres y que constituyen la mayor reserva de mano de obra que el neoliberalismo piensa exprimir hasta la última gota), y más aún para muchas lesbianas, formar una pareja y mantenerse en ella aparece como una forma de estabilidad material y emocional mínima (Falquet, 2006).
          Las uniones de personas del mismo sexo que anteriormente fueron catalogadas como patológicas, ahora adquieren lugar social fundamentalmente porque el mercado neoliberal reconoció la capacidad adquisitiva de dichos sectores, para quienes ha generado un mercado rosa en el que oferta y reconoce derechos de acuerdo a la capacidad de consumo. Así, las nuevas configuraciones familiares son parte del mercado de derechos.
          El reclamo del matrimonio gay por parte de amplios sectores de la disidencia sexual, seducidos fundamentalmente por el relato mítico de la estabilidad que la ideología del amor romántico otorga, no es ajena a los intereses del sistema económico neoliberal. Para el mercado neoliberal, se cumple un doble objetivo, contar con una población consumidora de ofertas comerciales como viajes, cruceros, hoteles, baños, restaurantes, discotecas, tratamientos de reproducción asistida, adopciones, subrogación de vientres, metrosexualidad y hasta ciudades gay friendly. El otro objetivo es ejercer control ideológico desde la institución matrimonial.
          En ese sentido, el consumo aparece como espejismo en el acceso a la ciudadanía y el otorgamiento de derechos. El consumo produce el efecto alucinógeno de la libertad. “Cuanto más capacidad de consumo tienes, más libre eres”, segura el neoliberalismo. El libre mercado ha afilado el tino para reconocer ciudadanía y calidad de humanidad a sus consumidores y ha diseñado el camino de la inhumanidad y la esclavización para la clase trabajadora (Graeber, 2006).
          Laura Rita Segato afirma que este sistema neoliberal ha generado un enorme campo paraestatal manejado por la clase política y los empresarios ligados a la corrupción y el crimen organizado que generan millonarias ganancias, donde se comercia drogas, armas, mujeres, personas para trabajar, órganos, etc. En este contexto, nos dice, los cuerpos torturados y mutilados de las mujeres muertas por feminicidio, son los medios de comunicación entre grupos criminales en disputa de territorio. El capital afirma Segato, requiere de la pedagogía de la crueldad del crimen como forma de intimidación. Los cuerpos de las mujeres son esclavizados y deshumanizados. Este sistema necesita de pactos de poder que son exclusivamente masculinos para quienes, los cuerpos de las mujeres son monedas de cambio (Segato, 2014).
          Los matrimonios gay y el feminicidio, son dos caras de la moneda del sistema neoliberal. Por un lado presenta un rostro amable que reconoce los Derechos Humanos de sus ciudadanos, los consumidores. En consecuencia, el consumo estratifica en sujetos de primera, de segunda e incluso no humanos con los que el neoliberalismo trafica, esclaviza y a los que deshumaniza.
          La aprobación del matrimonio homosexual en diversos países simboliza para algunos activistas la conquista más visible del movimiento homosexual. Si bien la demanda de la igualdad con los heterosexuales, ha significado actualizar la naturalización del matrimonio y la heterosexualización del mismo bajo una nueva reedición de los roles sociales, ha sido planteada por los defensores como una forma de des- centramiento del heterosexismo, la posibilidad de queerizarla (como si lo queer fuera compatible con la institución), al tiempo que conseguir la ciudadanía plena. El matrimonio homosexual para Beatriz Gimeno, es una paradoja en sí mismo, casi un oxímoron; de ahí una fuerza deconstructora (Gimeno, 2009).
          Gargallo nos dice, en la actualidad, la mayoría de los estados han atraído el reconocimiento del matrimonio como una de sus atribuciones y lo consideran un instrumento para definir y controlar los comportamientos de los miembros de sus sociedades. La pareja casada se convierte así en una unidad económica, receptora de créditos, una garantía de estabilidad que se traduce en ofrecimiento de prestaciones laborales, sociales y bancarias (Gargallo, 2012).
          Para Paula L. Ettelbrick, en su clásico texto ¿Desde cuándo el matrimonio es un camino hacia la liberación?, afirma que el matrimonio gay permite que sólo unos pocos privilegiados obtengan derechos y ahonda el abismo de privilegios que media entre los que están casados y los que no. Los que están “adentro”, tal vez podrían transformar mínimamente su tradicional dinámica patriarcal, pero no transformarán la sociedad, afirma. No demolerán el sistema de doble nivel del “tener” o “no tener”. Afirma que en el principio de protección igualitaria subyace la clase, la capacidad adquisitiva, quienes podrán ser tratados de manera igual (Ettelbrick, 1989).
          En 1969 Carl Wittman, activista gay señalaba que el matrimonio: “es una institución opresiva, corrupta, una institución legal de la clase burguesa para disponer de los bienes pre y post matrimoniales, para unir fortunas materiales.”
          El planteamiento del matrimonio homosexual como única vía para la obtención de derechos en un contexto neoliberal aparece no solamente manipulador, sino fundamentalista. Los derechos son constitutivos del sujeto, por el hecho de nacer, no de las instituciones, por lo que la obtención de los mismos no depende de la consagración de ningún contrato civil, militar o religioso, de tal manera que el ejercicio de los derechos, no puede estar condicionado a ninguna institución. La calidad de sujetos de derechos no puede condicionar la adhesión a una de las instituciones más cuestionadas de la sociedad heterosexual.
          Falquet nos recuerda que a pesar de la diversidad, la mundialización neoliberal tiende a imponer el ideal de familia "neonuclear", en algunos casos recompuesta con parejas del mismo sexo como única protección posible frente a la "sociedad global", basado en valores patriarcales, burgueses y occidentales.     Así, la familia neonuclear basada en la pareja monogámica no solo tiende a volverse una necesidad material, sino un ideal, una norma, una imposición (Falquet, 2006).

La maternidad lésbica, sexo, clase, raza y biopoder
          El cambio de las estructuras familiares extensas a las nucleares ha respondido pues a las necesidades económicas del sistema de producción, la nuclearización ha tendido incluso a reducir a su máxima expresión la organización familiar, parejas solas e incluso personas solas, lo que ha obligado a replantear las concepciones en torno a “la familia” como modelo único y sus funciones. El fenómeno de la legalización de los matrimonios homosexuales ha traído consigo el boom de la familia completa. El deseo de acercarse a la imagen de familia heterosexual, ligado al modelo del amor romántico, bajo el supuesto de que éste otorga estabilidad, ha llevado a lesbianas y homosexuales a buscar hijos.
          La maternidad lésbica en los años 70 y 80 del siglo pasado era una realidad poco visible, fundamentalmente de mujeres que habían tenido hijos en relaciones heterosexuales, cuya principal problemática estaba en la defensa de la patria potestad en contra de sus ex-parejas varones y el Estado quienes bajo el argumento de que su condición de lesbianas las convertía moralmente en malas madres, no debían ejercer la crianza de lxs hijxs.
          En su estudio sobre madres lesbianas de ésta generación, Sara Espinoza encuentra que la mayoría de las lesbianas viven su maternidad con culpa debido al alto grado de lesbofobia por lo que anteponen la maternidad a su vida personal y de pareja, sobre todo cuando hay un entorno institucional como la familia de origen que les cuestiona la forma en que viven la maternidad. En tal sentido, su derecho al placer, queda subsumido al cumplimiento de la imagen de buenas madres (Espinosa, 2005).
          La experiencia de la maternidad lésbica fue compartida con las parejas, mostrando algunas conflictividades en torno la presencia de los hijos. Sin embargo y paradójicamente, muy pronto el ideal de familia nuclear con hijos fue sopesándose como el ideal de muchas de las parejas lesbianas. Al principio la estrategia consistió en buscar algún donador solidario de semen para una inseminación directa, de manera casera o por medio de inseminación asistida.
          Las técnicas de reproducción asistida (TRA) se originaron en Inglaterra en 1978. Si bien aparecen como una alternativa para parejas heterosexuales infértiles, reforzó la ideología del linaje, es decir, los hijos como parte de la prolongación genética y por tanto de la propiedad privada, postergando con ello, la adopción como posibilidad de parentesco, en atención al problema de niños en situación de abandono y la socialización de la crianza. La tecnología al servicio del capital asegura con la inseminación que la propiedad se herede a hijos propios, pero para que ese hecho ocurra, hay un costo alto que pagar. La tecnología se ha encargado de sofisticar cada vez más las opciones de la reproducción asistida, asegurando con ello la figura de la familia nuclear con hijos propios como un ideal por el que vale la pena invertir.
          En cuanto la tecnología médica avizoró el potencial mercado de mujeres heterosexuales que no se fecundaban y posteriormente el mercado de lesbianas dispuestas a pagar fecundaciones, evitando con ello el riesgo de la presencia masculina que reclamara la paternidad, y acercarse al ideal de familia tradicional; empezó a ofertar procedimientos cada vez más sofisticadas y precios más accesibles, lo cual produjo el baby boom, el entusiasmo de las parejas lesbianas por tener hijos propios en pareja.
          Existen en la actualidad más de siete formas tecnológicas con las que las lesbianas pueden acceder a la reproducción asistida, pudiendo incluso inseminar in vitro el óvulo de una y fecundarlo en el vientre de la otra[2]. Opción cuyos costos oscilan entre cuatro a ocho mil euros por cada intento, dependiendo de las clínicas privadas dónde se realizan.[3] Las más solicitadas son la inseminación artificial, que debido a la demanda, la oferta ha abaratado sus costos, encontrándose incluso precios entre 500 a mil dólares por cada intento, únicamente la inseminación. El tratamiento previo puede costar entre mil y dos mil quinientos dólares. Los precios, para el acceso de la reproducción asistida, aunque se hubieran abaratado, convierten pues, a la maternidad lésbica en un asunto de clase.
          No es extraño, que si el mercado en un contexto neoliberal define las agendas del Estado, tampoco debe causar extrañeza que el mercado de la tecnología de las inseminaciones asistidas con ingentes ganancias en la producción de vidas humanas, haya influido en las decisiones del Estado para legalizar dichas uniones y haya entendido que la presencia del Estado como regulador de tales relaciones tiene más rédito que la ausencia del mismo.

La casta
          La conformación de una familia nuclear lésbica con hijos puede ser parte de un proyecto de vida de muchas de ellas, así la planificación de la misma ha implicado la posibilidad de la elección de las características fenotípicas delx niñx por nacer. Las lesbianas cuyos ingresos económicos no les permite una inversión económica, elegirán la inseminación directa de cualquier amigo solidario o desconocido incauto, con los riesgos de salud que esto puede conllevar. Para evitar esos riesgos, el mercado garantiza a las consumidoras que el donante esté libre de ETS u otras enfermedades y le ofrece la posibilidad de elección de las características fenotípicas.
          ¿Quiénes son los donantes? Las clínicas privadas que cuentan con bancos de semen, tienen criterios de selección. Algunas reciben únicamente donaciones de jóvenes europeos, otras, cuidan fundamentalmente los ámbitos de la salud y algunas tienen el criterio de que si el semen de un donante fue usado exitosamente por tres oportunidades, queda excluido de otras donaciones debido a las conexiones de parentesco que pudiera dar lugar. Sin embargo, si bien no hay restricciones específicas en las características fenotípicas de los donantes, la mayoría de bancos de semen, acepta donantes preferentemente anglosajones.
          Por otro lado, y en correspondencia, la elección de las características fenotípicas que las lesbianas hacen para su inseminación son preferentemente anglosajonas. Para Karina Vergara, la elección de niñxs Blancos está justificada con el deseo de buscar parecidos con algún antecesor casualmente blanco, de color de cabello y ojos claros (Vergara, 2009). En la investigación sobre madres lesbianas llevada a cabo por Sara Espinoza, igualmente es menester observar que la elección “güerita” es la preferente.[4] Un acercamiento a algunas madres lesbianas también me permitió corroborar dicha constante, algunas de ellas argumentaban la elección con el simple deseo de que fuera “alto”, lo cual refiere a cierto tipo racial. La elección posibilita revisar el árbol genealógico del candidato donante y las características fenotípicas de cada uno de los familiares ascendentes y colaterales y así asegurar las características fenotípicas deseadas. Observamos también que en los grupos activistas de familias diversas, en México, un porcentaje importante de lxs hijxs de las lesbianas son niñxs blancxs, rubixs y de ojos claros.
          Para el caso de homosexuales, la técnica médica ofrece la subrrogación de vientres o alquiler de vientres, en el que uno de los sujetos funge de donador, cuyo semen se insemina en el vientre alquilado.[5] En estos casos también están presentes la idea de la propiedad sobre los hijos y las características fenotípicas de los padres, incluida las de la mujer gestante. Los costos de este procedimiento son mayores a los del TRA debido a que generalmente la pareja debe pagar a la persona gestante la mantención del tiempo del embarazo, los gastos médicos del embarazo y el parto, las condiciones de salud del posparto de la gestante, así como el costo del alquiler del vientre para el embarazo.
          Preexiste obviamente una valoración racista en la elección, la idea de mejorar la raza, que no está lejana al proyecto nazi de la raza superior, ni al proyecto  civilizatorio de estratificación racial y genérica que hizo la colonia para apropiarse del trabajo gratuito de las “razas inferiores”, y para ello, se valió de la violación y apropiación de los cuerpos, sexualidad y reproducción de las mujeres indígenas y negras.
          Teresa Garzón en su tesis de doctorado “Un olvidado racismo. Blanquitud en la literatura escrita por mujeres colombianas”, plantea que la política de blanquitud ha estado presente en la construcción del Estado-Nación republicano y se ha valido del tráfico de mujeres. En el proyecto de nación, las élites criollas se esforzaron por crearse y producir al “pueblo”: la diferencia racial y regional, con miras a ostentar poder simbólico. Bajo esta lógica, la élite se disputaba entre enfrentarse con un pasado colonial violento y genocida y reivindicar y enaltecer lo civilizado que representaba lo hispano. Detrás de la percepción de la sociedad como producto del mestizaje existe un fenómeno enmascarado de racismo que afirma una "democracia racial" pero cuyo objetivo es el blanqueamiento, en este proceso el tráfico de mujeres garantizaba el mejoramiento de la raza y la preservación de la ideología occidental (Garzón, 2014).

          ¿Qué relaciones se encuentran entre la tecnología de producir vida, es decir del biopoder y la idea de raza pura? La “biopolítica” entendida como el “conjunto de saberes, técnicas y tecnologías que convierten la capacidad biológica de los seres humanos en el medio por el cual el Estado alcanza sus objetivos”, es decir, la intención políticamente deliberada del Estado por potenciar las capacidades físicas e intelectuales que considera valiosas, ya que éstas constituyen el instrumento gracias al cual los agentes lograrán sus propósitos; tiene como objetivo reforzar las estratificaciones sociales que son funcionales fundamentalmente al capital. Los poderes impulsan o quitan la vida. Según Foucault, desde la biopolítica, el ser humano constituye una materia prima, como la tierra o los recursos naturales, que los agentes con poder se esfuerzan en potenciar para extraer todos los beneficios posibles (Foucault, 2004).
          Quijano nos advierte que la invención de la raza reposiciona relaciones de superioridad e inferioridad establecidas a través de la dominación para el control del trabajo, el sexo, la autoridad colectiva y la intersubjetividad. La división del trabajo se halla totalmente racializada y geográficamente diferenciada, la colonialidad mantiene un cuidadoso entrecruzamiento entre trabajo y raza (Quijano, 1991). Elegir el fenotipo de los hijos supone desde el control de la intersubjetividad propuesta por Quijano, efectivizar la pretensión aspiracional de ser blanco para ubicarse en la estratificación del poder. El lugar que ocupan los cuerpos racializados da cuenta de la permanencia del sistema de castas colonial que estratificaba las razas. Los cuerpos indígenas o mestizos son para el trabajo, cualquiera que sea el lugar geográfico, los trabajos más duros están destinados para ellos. Un cuerpo blanco significa, por el contrario, lugar del poder. La elección de un posible destino para los hijos, ubica a las madres lesbianas en un lugar en el biopoder.
          Francesca Gargallo define el matrimonio como un instrumento para la adquisición legal de la capacidad femenina de ser madre o, más precisamente, afirma, es el instrumento legal, avalado por diversas tradiciones, para que el colectivo masculino, de forma individual o colectiva, se apropie de la capacidad reproductiva de las mujeres y de lo que considera femenino, reduciendo su libertad de goce e instaurando las bases de la heteronormatividad. Con ello, ciertos hombres adquieren el derecho de definirse como dominadores de su sociedad. Los gobiernos que controlan otorgan y quitan derechos a las personas que se casan y a las que no se casan: desde la transmisión de la nacionalidad –cosa que hoy, en épocas de represión de la libertad de movimiento y criminalización de las migraciones, no debe dejar de tomarse en consideración.[6]
          Los matrimonios gays fueron legalizados bajo la complacencia del libre mercado, favorece a la economía capitalista, reproduce un sistema de dominación y es favorecido en la medida de su capacidad adquisitiva con la posibilidad de ser parte de una casta.
          La limpieza de sangre, el lugar de jerarquía absoluta, el temor al ascenso del mestizo, de la misma manera que en la colonia, siguen siendo elementos en la determinación biopolítica de la raza, y parece no haber mejor lugar que en la maternidad lésbica asistida. Mediante la elección del fenotipo para los hijos, la raza blanca garantiza un lugar privilegiado.
          El control biopolítico de la sexualidad y la raza en la colonia fue posible mediante el heterosexualismo y la apropiación de los cuerpos de las mujeres como parte del territorio conquistado. Para satisfacer la necesidad del capital fueron necesarios cuerpos suficientes en número, para la explotación y los precisos para el control. La reproducción lesbiana asistida es apropiada por el colectivo de científicos hombres, blancos y heterosexuales, quienes desde la lógica cartesiana afirmarán, “yo conquisto y extermino, luego existo”,[7] en referencia al proyecto epistemicida de validar la razón imperial moderna que niega y subvaloriza a los sujetos y saberes no-occidentales.
          La política del biopoder hace posible la hegemonía racial, clasista, heterosexista y monogámica. Para eso, la apropiación de una sexualidad reproductora es posible bajo otra verdad epistémica euronorcéntrica, la tecnología médica. La especificidad de la reproducción lésbica, que permite la posibilidad de elegir un fenotipo, está dando lugar al blanqueamiento y en consecuencia no sólo un tipo de etnocidio, también un epistemicidio. No hay necesariamente un sexo violado, pero el uso del cuerpo permite el ejercicio del biopoder. El control del sexo, sus recursos y sus productos son efectuados. Una operación donde hay poco sexo, más clase y mucha raza.
          No quiero decir con esto que todas las madres lesbianas, ni las que tienen hijos blancos por elección fenotípica, estén colonizadas, sin embargo es interesante analizar el papel que las mujeres blancas burguesas tenían en la colonia.   
          La pureza y la pasividad sexual son características cruciales de las hembras burguesas blancas nos dice Lugones, quienes son reproductoras de la clase y la posición racial y colonial de los hombres blancos burgueses. Pero tan importante como su función reproductora de la propiedad y la raza es que las mujeres burguesas blancas sean excluidas de la esfera de la autoridad colectiva, de la producción del conocimiento, y de casi toda posibilidad de control sobre los medios de producción (Lugones, 2007).
          ¿Cómo es posible que siendo el sistema de género heterosexualista, patriarcal y racializado sobre la producción, incluida la producción del conocimiento, y la autoridad colectiva, cómo es posible que integre a las lesbianas en su proyecto de familia? Si la heterosexualidad es, a la vez, compulsiva y perversa ya que provoca una violencia significativa contra los derechos de las mujeres, sirve para reproducir el control sobre la producción; la reproducción lésbica, tecnológicamente asistida, tiene un sentido heterosexual porque la elección de un fenotipo no está libre de los valores dominantes del grupo de hombres blancos heterosexuales y científicos, cuya verdad es el conocimiento tecnológico y la limpieza racial.
          El poder de la ciencia al alcance de unas cuantas personas con capacidad adquisitiva, no es un accidente económico, refuerza una posición de clase. El privilegio de pocas, posiciona a la sujeta en el lugar de la construcción opresora, afirma Vergara.[8]
          Las adopciones podrían ser valiosas opciones en la constitución de familias resignificadas, sin embargo es la menos socorrida. En la mayoría de lugares ésta opción no está legalmente permitida a lesbianas y homosexuales. La posibilidad de adoptar como soltera/o es difícil, justamente porque la valoración de familia constituida, prima en los jueces para quienes es preferible que los orfelinatos estén llenos de niñxs abandonadxs. En los lugares donde la adopción es permitida a disidentes sexuales, las lesbianas son la que menos recurren a esta posibilidad por lo engorroso del trámite como por lo atractivo que resulta para ellas la opción de los hijos propios y la elección racial.
          Para el caso de varones, la adopción tampoco es frecuente, aún en lugares donde la ley lo permite, son pocos los casos de adopción y aun cuando el trámite es gratuito, los solicitantes deben presentar la documentación autenticada por notario público quién da fe de que el documento oficial emitido por determinada instancia es válido, lógica que encarece la burocracia y enriquece al notario.
          De esta manera, el oportunismo sistémico, amolda una vez más la transgresión incómoda a la institución matrimonial, así, la familia, la raza, el capital, la clase, se acomodan de manera adecuada y rentable al sistema neoliberal.
          Me pregunto si la desobedencia epistémica, el rechazo de la idea mágica de modernidad occidental, de los ideales humanos y las promesas de crecimiento económico y prosperidad financiera nos posibilitará concebir una organización social fuera del pensamiento familiocéntrico colonial, heterosexual, monogámico, racializado y funcional al mercado. Me pregunto si cambiarle el nombre a la familia por comunidad, ayllu, Ch’i’ibalil, láak’tsilil, alaxik, nepentlatkikayotl, ayudará a pensarnos fuera de la trampa. Resignificar nuestros afectos fuera de la propiedad y su transmisión como herencia, del linaje, de la obligación hetero-reproductora, de la marca institucional de la estabilidad, de la monogamia obligatoria, de la nuclearización occidental y neoliberal es una aventura por inventar, ¿te atreves?.


Bibliografía
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[1] Publicado en: Mogrovejo, Norma, Disidencia Sexual y Ciudadanía en la era del Consumo Neoliberal. Dos estudios de Caso: Migración y Sexilio Político; Madres lesbianas, familias resignificadas. Poco sexo, más clase y mucha raza. Creatividad editorial, México, 2015.
[2] El método Ropa, la recepción de óvulos de la pareja, consiste en realizar una fecundación in vitro (FIV) a la madre no gestante e implantar los óvulos ya fecundados en la gestante. De ésta manera, la madre gestante dará a luz a un bebé genéticamente de la no gestante. Así, una será madre gestante y la otra madre biológica.
[3] http://www.mirales.es/sociedad-activismo/guia-util-10-maneras-de-acceder-a-la-maternidad-lesbica/
[4] Espinosa, ibidem.
[5] La subrogación de vientres es usada también por lesbianas que no pueden o desean gestar, haciendo uso de la técnica ROPA, inseminan el óvulo de una de ellas en el vientre subrogado, generalmente en el acta de nacimiento no aparece el nombre de la madre subrogada.
[6] Gargallo, ibídem.
[7] En alusión a los aportes que hicieron Enrrique Dussel y Ramón Grosfoguel a la propuesta cartesiana.
[8] Vergara, Karina, ibidem.